jueves, enero 08, 2015

SGEL: Sistema Internacional de Pesos y Medidas


Debido a la profesión de mi padre y a las circunstancias de mi yo, a lo largo de mi vida he tenido que pelearme a menudo con los artilugios homologados para obtener el peso y/o masa de las cosas.
Mi primera definición de kilo la obtuve de la Enciclopedia Álvarez y venía a decir que “era la masa de 1 litro de agua destilada a la temperatura de 4 grados centígrados”; por entonces, yo no sabía lo que era “agua destilada” ni “grado centígrado”, y “temperatura” era sinónimo de fiebre. En primero de bachiller se me aclararon las cosas cuando el nuevo libro de matemáticas le definió kilo como “la masa de un cilindro de platino iridiado que se conserva en la Oficina Internacional de Pesos y Medidas de París”; esto era más comprensible dado que lo único que no me sonaba era lo de “iridiado” y supuse que debía ser un sistema de niquelado propio de los franceses, muy caro, por supuesto, ya que se guardaba bajo dos campanas de cristal que yo imaginé blindado.
Aun sin conocer con exactitud qué era un kilo, en mi casa estábamos familiarizados con los instrumentos de pesar; describo alguno de los aparatos más utilizados:

La romana: la utilizaba mi madre para comprobar el peso del pescado, de una papada de marrano o de harina necesaria para los mantecados de Navidad.
En otras casas había una romana grande colgada de una cadena que pendía del techo y que se utilizaba para obtener el peso de un cerdo (en arrobas), un saco de trigo o un pellejo de aceite. Digo pesar y digo bien: en mi pueblo las cosas pesaban; la masa era la mezcla de harina, agua y levadura que utilizábamos para hacer pan. La romana es una palanca con un brazo más largo que otro, con un gancho en el brazo corto y un pilón en el brazo largo que, a su vez, está marcado por la escala de pesos; lo habitual en los años cincuenta es que, por un lado, la escala marcase kilos y, por el otro, libras.

La balanza de platillos: su utilidad era muy variada, desde pesar judías, lentejas o garbanzos hasta preparar los cucuruchos de simiente de pepino o paletadas de azufre en polvo para desinfectar viñas.
El aparato se basa otra vez en la ley de la palanca, en este caso con el punto de apoyo en el centro del brazo; en los extremos del brazo hay sendos platillos, destinado uno a contener el producto que se pesa, y, el otro, un juego de pesas que, equilibrado el fiel, indiquen el peso perseguido. El juego de pesas, si no recuerdo mal, era capaz para 4 kilos, con pesas de 2, 1 y ½ kilo, y las combinaciones de pesas suficientes para obtener una precisión de unos pocos gramos.
Mucho más tarde, en la Universidad tuve ocasión de aprender el manejo de una balanza de precisión en clase de prácticas de Física y practicar lo aprendido en el Laboratorio de Química.

La báscula: cuando de obtener el peso de un cuerpo voluminoso se trata, hay que recurrir a otro tipo de aparatos que permitan depositar el objeto activo.
La báscula es un artefacto con una plataforma destinada a tal fin; el resto vuelve a beneficiarse de la ley de la palanca: la gravedad tira del objeto pesado, fuerza que se compensa moviendo un pilón a lo largo del brazo de resistencia, que está graduado en kilos. Este tipo de báscula no es muy precisa puesto que, para ello, debería disponer de un brazo excesivamente largo; se obtiene mayor precisión con básculas de muelle elástico (dinamómetro), que se basan en la deformación que la fuerza de la gravedad, aplicada a un objeto, ejerza sobre un resorte elástico. Este sistema es mucho más ágil, dado que no es necesario equilibrar masas usando pesas adicionales y es el que utilizan la mayoría de básculas que hoy encontramos en los supermercados o en las farmacias.

A partir de aquí, las pesadas son electrónicas; quiero decir que todos los aparatos que usamos para determinar el peso o la masa de un cuerpo tienen un mecanismo electrónico. No sé cómo se las arreglan las pilas para conseguirlo, pero el resultado es rápido y preciso, y nos podemos permitir el lujo de tener una balanza de cocina, una báscula de baño e, incluso, un pesacartas (el pesaleches es un aparato distinto, que se basa en un principio diferente).
Todo lo anterior viene a cuento por lo que sigue.

Desde primeros de septiembre vengo observando que las facturas de SGEL incorporan cada semana 2 ó 3 albaranes de los que no hay constancia en el quiosco: ni existe el papel que lo soporta ni el género que nos cobran; observo asimismo que, en algunas ocasiones, tanto el albarán como el género llegan con varias semanas de retraso; en otras ocasiones no llega nunca. Por lo general, se trata de un paquete con un solo ejemplar de una sola revista. El protocolo de control de facturas y derramas varias del quiosco prevé y detecta tal incidencia y Dalr hace la correspondiente reclamación vía web y, “como no podía ser de otra manera”, la mentada reclamación queda registrada en los anales de SGEL.


En el apartado de observaciones solemos indicar que el motivo de la reclamación es que “el paquete no ha llegado”. SGEL es más lenta que el Ferrari de Fernando Alonso, pero antes o después llega la contestación:
“Estimado Cliente, una vez Analizada su Reclamación, hemos resuelto RECHAZAR las siguientes:
- Revisados los pesos y configuración de la paquetería, procedemos a rechazar los siguientes títulos… … …”



¡LA BÁSCULA…! SGEL pesa los paquetes. Ya lo sabíamos. Una vez confeccionado el paquete, se pesa; como se conoce el peso de cada revista, es fácil calcular lo que debía pesar el paquete y, si el resultado de cálculo coincide con el que dice LA BÁSCULA, está claro que cualquier reclamación de faltas realizada por el quiosquero es un intento de chorizada por parte del mismo. Chorizada que queda registrada en el histórico de SGEL exactamente igual que ocurre cuando un quiosquero devuelve más género del recibido; este histórico vale, y eso lo pongo de mi cosecha, para medir la honestidad del vendedor en el caso de reclamaciones que queden poco claras.
Dalr debe liderar el ranking de chorizos, toda vez que a mí no se me escapa una y vamos a razón de 2 ó 3 reclamaciones por semana; servidor cuadra los albaranes por ejemplares (Salva) e importe y es harto complicado que Salva se olvide de registrar en el ordenador el contenido de un paquete y, a la vez, pierda el papel del albarán. Por si acaso, cuando una revista no me cuadra, hago que Salva cuente los ejemplares existentes mientras que yo obtengo las ventas registradas. O sea, con BÁSCULA o sin BÁSCULA, cuando ordeno una reclamación es porque me he asegurado que el riesgo de error por nuestra parte es mínimo (a pesar de Ana Mato, el riesgo 0 no existe). Claro que, en nuestro caso, LA BÁSCULA poco o nada tiene que ver: me importa un pepino que los pesos comprobados en paquetería sean correctos; lo que reclamamos es que no llegan los paquetes.


Se dice que el tiempo pone las cosas en su sitio. No es verdad; quien pone las cosas en su sitio es la casualidad y ha sido seguramente la casualidad la que ha hecho que nuestro repartidor haya limpiado la furgoneta y encontrado un montón de paquetitos y el 02/01 se nos hace entrega de nada menos que de 10 mini paquetes de los cuales 9 han sido objeto de reclamación; el décimo, ¡oh, casualidad!, era de fecha 02/01 (precisamente). Ahora devolveremos un montón de revistas que dijimos no haber recibido: Dalr tendrá otros 9  intentos de choriceo detectados por el nuevo modelo de BÁSCULA que, mediante pesada, es capaz de detectar cuándo un paquete llega a destino y cuándo  no.

Claro que, luego, uno se fija en el albarán y ve cosas raras; por ejemplo, todos los albaranes reclamados porque no se habían llegado al quiosco mostraban a la derecha el número 6605 en letras grandes y retintadas; alguien había tachado el número y anotado a su lado 5602. Observando este y otros albaranes resulta que 6605 parece ser la ruta que había seguido el paquete y 5602 la ruta que siguen casi todos los demás paquetes que sí llegaron.

De todos modos, el ordenador de SGEL y su BALANZA indicarán que el tramposo es Dalr.

1 Comments:

At 13/1/15 07:55, Blogger Unknown said...

...Muy bueno maestro

 

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