lunes, julio 20, 2020

La Bodega


Están diciendo que hoy va a ser el día de más calor del verano; ojalá estén en lo cierto, porque, desde que me levanté esta mañana, tengo el niqui pegado a la espalda, y de los alerones me sube un tufillo que para sí lo quisiera Anna Gabriel.
Me vienen a la memoria los veranos en los que, de pequeño, mi madre me compraba un bañador en la Bodega, me lo ponía, y ése era el uniforme para todo el verano, aparte de la camisa de Tarzán, por supuesto. Imagino que algún lector se extrañará de que me comprasen un bañador en una bodega, y es que la Bodega no era una bodega al uso. La Bodega la montó Paquito el de la Bodega o Paquito el Chico, como también se lo llamaba para distinguirlo de Paco Navas (Paquito el Grande), que trabajaba de empleado y era ostensiblemente más alto. No sé si empezó vendiendo vinos o qué; hasta donde alcanzan mis recuerdos, en la Bodega se vendía vino, coñá, aguardiente y otras cosas de emborrachar. Y se vendía bacalao seco, arencas, aceite, harina, hilo, agujas, perfumes, regalos de reyes… Vamos, todas esas cosas que uno espera encontrar en un Store de un poblado del Oeste. Con el progreso entró en el negocio de los aparatos eléctricos y también vendió frigoríficos, lavadoras y demás artilugios modernos, que no entran en el propósito de este artículo.
Como no podía ser de otra manera (esta frase, en boca de políticos, me encanta, porque si no podía ser de otra manera ¿dónde está el mérito o para qué lo mencionas?), Paquito tenía sobre el mostrador caramelos; de aquellos que parecían un gajo de naranja o limón, aunque también había de otras clases, entre los que destacaban los almendrones. Me parece recordar que el precio de la unidad era una gorda. Aun así, la mayoría de niños nos limitábamos a mirarlos dentro de su expositor, ya que, salvo en alguna ocasión en que los abuelos venían a visitarnos y tiraban la casa por la ventana gastándose un par de perras gordas, eran fruto prohibido.
No sé que año sería el que nos trajo un mes de agosto infernal, quiero decir que no creo que en el infierno pueda hacer mucho más calor, lo que sí sé es que a las chicharras se les partían hasta las cuerdas de sus violines de tanto cantar. Pero no hay mal que por bien no venga, y a Paquito el Chico se le derritieron los caramelos que tenía almacenados. Entonces no había subvenciones por catástrofes y cada cual resolvía sus dificultades como Dios le diera a entender. Y de perdidos, al río. Paquito quiso recuperar parte de lo perdido y los puso en liquidación, esto es, empezó a venderlos como vendía Garrote el pescado: a duro plato lleno. Bueno, lo del duro es un decir, porque mi madre vino con el delantal recogido por delante, lleno de caramelos derretidos y no creo que fuera tan rumbosa para gastarse más de 2 pesetas en galocherías. La dificultad para comerse los caramelos era quitarles el papel, no obstante, no supuso mayor obstáculo para que mi hermana y yo nos comiéramos en dos o tres días más caramelos de los que habíamos disfrutado en los años que teníamos. No sólo eso, es que rebañábamos los cachos que se habían pegado en el papel hasta dejarlo transparente; por si acaso no se daba nunca más semejante situación.
No se dio.

Todavía recuerdo las frases de mi madre:
- No comáis más caramelos que luego se os pican los dientes.
- Venga, ya está, guardad los que quedan que os van a salir lombrices.
Lo de las lombrices creo que se cumplió; al menos yo me acuerdo de no parar de rascarme el culo. Los dientes picados fue otro cantar: a mis 70 años sólo se me ha picado uno. Debió ser que nos los comíamos tan deprisa que no tenían tiempo ni de atacar el esmalte.

¡Ozú qué caloh!

domingo, mayo 17, 2020

Comunistas


Julio
Hace unos cuantos años ya, le preguntaron a Julio Anguita cómo reaccionaría él, que era ateo confeso, si resultara que la existencia de Dios fuera cierta. La respuesta fue sencilla:-Si Dios existe ya lo encontraré cuando me muera y entonces charlaremos (más o menos).
Ayer, Julio salió de dudas. Y tanto si encontró a Dios como si no, descanse en paz un político de los que honran su profesión: se podría estar o no de acuerdo con su verbo, pero no en la forma de transmitirlo, sin insultos ni estridencias. Y quede para la historia la frase que pronunció en el momento más amargo de su vida:
- Malditas las guerras y los canallas que las hacen.

Alberto
En los últimos días, el Ministro de Consumo está recibiendo agrias críticas por algunas de sus declaraciones.
- Hemos comprobado que al no haber eventos deportivos han bajado las apuestas deportivas.
- El turismo es un sector estacional, precario y de bajo valor añadido.

No me gusta hablar ni de política ni de políticos; es como si un forofo del Barça y otro del Real Madrid discutieran sobre el penalty del domingo: para uno, el penalty será claro, y para el otro, un piscinazo o mano involuntaria. Nunca llegarán a un acuerdo; a las manos, tal vez sí.
Alberto Garzón es Máster en Economía Internacional y Desarrollo por la Universidad Complutense de Madrid (Complutense, no Juan Carlos), por lo que hemos de suponer que lo que es saber, de economía sabe.

En la primera frase que se le critica podríamos decir que sobra “hemos comprobado”, ya que no hacía falta la comprobación, pero el resto del silogismo es exquisitamente correcto: 
Premisa mayor: Las apuestas deportivas se hacen sobre eventos deportivos 
Premisa menor: Se han suspendido los eventos deportivos.
Consecuente...: Luego, no puede haber apuestas, es decir, han bajado a cero.

En los últimos años hemos estado 570 días sin gobierno (con gobierno en funciones), concretamente entre 21-12-2015 y 31-10-2016 (M. Rajoy) y entre 29-04-2019 y 8-01-2020 (P. Sánchez), es decir, hemos estado más tiempo desgobernados que gobernados... y ha seguido disminuyendo el paro, mejorando la economía y aumentando la deuda (también). ¿Qué es lo que el gobierno no ha dejado de hacer en ningún momento? Recaudar impuestos. Y eso lo ha hecho, lo hacen todos los gobiernos, muy bien.
A eso se refería Garzón.
Que el turismo es estacional no lo duda ni Hamlet.
Que el trabajo es precario… Hombre durante la temporada turística, tal vez no, pero cuando no hay ni turistas ni viajes del imserso…

Entonces, la discusión ha de estar en el “bajo valor añadido”. Vean y juzguen. El IVA (Impuesto sobre el Valor Añadido) en España está establecido en el 21%. Hay productos que sólo sufren un recargo del 10%, y entre estos están la mayoría de servicios que prestan hoteles, restaurantes y empresas turísticas. O sea, para el estado, el turismo tiene un “bajo impuesto sobre el valor añadido”.

¡Y la que hemos liado por la omisión de una palabra, cuya presencia estaba implícita en la verborrea de cualquier mandamás político!

domingo, marzo 15, 2020

Guía del usuario

Hace unos cuantos años, cincuenta o sesenta, había pocos aparatos que se manejaran con botones o fueran enchufables a la corriente eléctrica y, si uno tenía la suerte de comprar una radio o una maquinilla de afeitar, pongo por caso, el dependiente explicaba para qué servía cada botón y cuándo era necesario apretarlo. A medida que los aparatos se fueron sofisticando, el uso de los botones se complicó y cada compra incluía un prospecto como el que iba en las cajas de medicamentos. Este prospecto se denominó “Manual de instrucciones” o “Guía del usuario” y explicaba cómo funcionaba el cacharro, ahorrando al dependiente dar explicaciones. Pero vinieron los transistores japoneses y todo se complicó: no había muchos nipones que supieran español y las traducciones quedaban bastante confusas. Se pasó entonces a las instrucciones visuales, es decir, a explicar el funcionamiento mediante dibujitos; el problema surgía cuando un modelo cambiaba el diseño y en la caja metían el mismo manual de siempre donde el dibujo ya no coincidía con la nueva versión.
Todo en la vida tiene solución y los fabricantes se inventaron el “funcionamiento intuitivo”. Usted compra un aparato del que no tiene puñetera idea de cómo funciona e, intuitivamente, lo maneja como si lo hubiera inventado usted mismo. Algo de razón tenían. Dice el refrán que “cortando cojones se aprende a capar”, y así era. A base de ir haciendo combinaciones uno conseguía que el trasto funcionara… o lo rompía. La cuestión es que las cajas empezaron a llegar sin instrucciones o con una hojita que te indicaba cómo poner las pilas y, en el mejor de los casos, incluía una dirección web desde la que se podía acceder a un manual de instrucciones más detallado.

Por culpa del coronavirus estoy confinado en casa y me ha dado por poner en orden fotos y películas de viajes. Me ha hecho mucha ilusión tropezar con una foto que hice el año pasado en los lavabos del Hotel Marina Bay Sands de Singapur. Se trata de las instrucciones para uso del cagódromo, y no tiene desperdicio. 


En una traducción libre las instrucciones podrían quedar, más o menos, de la siguiente forma:
-  Always use at position: Úselo siempre tal que así.
Use Toilet Paper ONLY To Tap Dry: Utilice papel higiénico SÓLO para secarse sus partes húmedas.
- Feminine wash: Tire del mando hacia la izquierda para lavarse el chiche.
- Rear wash: Tire del mando hacia la derecha para lavarse el "ciezo" (según grafía de mi pueblo).

lunes, noviembre 25, 2019

Mi Pequeño Saltamontes



Avisó. De hecho, había mandado algún mensaje previo anunciando su intención de ser prematuro. El 26 de agosto (¿o fue el 25?) presentó su tarjeta de visita: mamá Isa empezó con contracciones; en los Camilos la desviaron a San Juan de Dios, probablemente el mejor hospital infantil de Cataluña y parte del extranjero, donde la ubicaron en urgencias. Atacaron por dos flancos: en primer lugar, había que parar la dilatación; en segundo, acelerar la formación de pulmones y cerebro del que quería presentarse al mundo a destiempo. Ambos objetivos parecían “casi” conseguidos y los doctores decidieron el alta de la paciente, siempre que se comprometiera a guardar absoluto reposo hasta la llegada del parto de verdad. Era el 5 de septiembre. Ante la posibilidad de irse a casa y las contracciones lo pillaran lejos del hospital, Ángel se acojonó y se dirigió al túnel de vestuarios. Momentos tensos en los que la vida de la mamá y el niño estuvieron en peligro; cesárea de urgencias y el recién nacido fue a parar a la incubadora. Corría la semana 29 de gestación.
No lo vi hasta bien entrada la tarde y, como hubiera dicho mi padre, parecía una central de teléfonos con cables saliéndole por todos lados.  Ya me había dicho dalr que estaba completo, que incluso tenía en la oreja la marca de los varones de la familia; no lo pude apreciar, me lo impedía la mascarilla del oxígeno. Lo que me llamó la atención fue un objeto pequeñito abandonado en una esquina de la incubadora: era un chupete especial (en tamaño) para los prematuros que a mí me pareció que debía pertenecer a uno de esos muñecos que toman biberón y hacen pipí y caca. También me fijé en un pulpito de lana que le tocaba el cuerpo, que, según nos dijeron, se lo ponen para que no echen en falta el roce del cordón umbilical. Dalr me mostró los bracitos y las piernas del crío, largos, delgados y con arrugas; me dio la sensación de que eran morcillas a medio llenar.

Han transcurrido 3 meses desde que se presentaron las contracciones y todos coincidimos en que parece que han pasado años. El niño se iba haciendo, si bien los médicos opinaban que demasiado lento; tenían razón. Primero apareció una infección en el vientre, que respondía mal al tratamiento y no acababa de irse; se esperó un tiempo prudencial y se optó por la intervención. La tripita se le había pegado a no sé qué otro órgano y se estaba perforando; hubieron de cortarle parte del íleon.
Los cables seguían formando parte de su cuerpo; la mayoría eran para controlar sus constantes vitales, otros estaban allí por si fallaba alguna de sus funciones básicas y otros, simplemente, trabajaban por él. Nos enteramos de que hasta la semana 34 (más o menos) el niño no adquiere el reflejo de chupar, por lo que la alimentación se le daba mediante una sonda nasogástrica; también supimos que no iba todo lo bien que se esperaba: no absorbía todo el alimento necesario, posiblemente por mor del cachito de intestino que le faltaba. Se le han ido probando distintas combinaciones entre leche materna, leche artificial y alimentación parenteral, no siempre con resultado positivo.
Poco a poco los cables van desapareciendo, los brazos y las piernas aparecen rellenos y ya podemos verle la cara sin artilugios que la oculten. Como tuvo agujas pinchadas en la cabeza, se la tuvieron que afeitar; le llamo “mi monje tibetano”, my Little Dalai Lama o “pequeño Kung-Fu”.

Cumplido el tiempo de gestación inicialmente previsto, había alcanzado las dimensiones y el peso para un bebé que nace un poco pequeño. Ahora sí parece un niño de verdad, aunque todavía le quedan dificultades que superar; esperamos que la más complicada sea la operación que le han de hacer para conectarle nuevamente el intestino, y que pronto lo tendremos en casa.


Hemos aprendido mucho en este tiempo; hemos aprendido a tener paciencia cuando el cuerpo nos pedía que nos desesperásemos un poco. Y hemos aprendido a no quejarnos: por mal que a uno le vayan las cosas, siempre hay alguien a quien le van mucho peor y que pagarían por estar en tu pellejo.  De cualquier forma, cuando se trata de niños (en San Juan de Dios se dan todos los casos), se le retuercen a uno las tripas al verlos sufrir.

Ángel no había visto nunca luz natural, sólo la luz de las bombillas. El día 21 era el día que, según los primeros cálculos, hubiera nacido y, como premio, las pediatras permitieron que papá y mamá lo sacaran a pasear. Bien abrigadito le dieron un paseo por los salones del hospital y salieron al patio para que contemplase Barcelona a sus pies... y las últimas luces del día, al fondo.


Otra de las cosas que hemos aprendido es que existe el día del niño prematuro: es el 17 de noviembre. En San Juan de Dios lo celebran cada año y, como el 17 cayó en domingo, trasladaron la celebración al día 22: prematuros, ex prematuros, familiares, pediatras y enfermeras; gente de la casa, vamos. Una pediatra nos habló de cómo ha evolucionado el tratamiento de los bebés prematuros; dos jóvenes ex prematuras nos contaron sus experiencias; por último, un papá que aún tenía su hija en la incubadora leyó una simpática carta que había escrito a su hija.

Después, otros padres y otros prematuros nos ofrecieron unas cuantas actuaciones musicales, para terminar con una pequeña juerga en la que participamos todos, incluidos los prematuros, que también tienen derecho a pasarlo bien.


P.D. Mientras esto escribía, los pediatras nos han comunicado que no acaban de encontrar la combinación adecuada para que el niño progrese al ritmo que requiere su edad natal y que ha entrado en una ligera recesión. En consecuencia, los cirujanos han tomado la determinación de adelantar la intervención quirúrgica y empalmar el intestino. Es la prueba del algodón: si el intestino responde, habremos superado el problema más gordo; si no.... seguiremos al pie del cañón.
En cualquier momento pueden decirnos que Ángel ha entrado en el quirófano. A quienes creéis en Dios, en cualquier Dios, os pedimos una oración; a quienes no tenéis creencias religiosas os pedimos la fuerza de vuestro apoyo. Gracias.


¡Animo, Pequeño Saltamontes, tú puedes! 

lunes, julio 08, 2019

Increíble pero cierto


Anoche conversaba con mi primo Manolo vía guasap y rememorábamos como funcionaba el lavado de la ropa sucia en el colegio donde estábamos internados. Recuerdo que eran las monjas del vecino Monasterio de la Purísima Concepción quienes nos hacían la colada; eran monjas de aquellas que viven enclaustradas y no reciben más visitas que la de su confesor. Nosotros las llamábamos "las puras". Bonillo, que era el encargado de repartir la ropa cuando volvía limpia del convento, nos regañaba si echábamos demasiadas prendas a lavar; no era el caso de la mayoría, expertos en ahorrar agua y jabón. Recuerdo que, por lo general, yo mandaba semanalmente al “tinte” una camisa, una camiseta, unos calzoncillos, la camisa blanca de los domingos y unos calcetines; alternativamente se añadían los pantalones, el pijama y el guardapolvo. Supongo que la toalla la cambiábamos cada semana y que, si los calcetines o los calzoncillos olían en exceso en medio de semana, también irían a parar a la bolsa.

Lo de la camisa de los domingos es digno de mención. En la década (¿prodigiosa?) de los sesenta, Suybalen (“Suybalén, Suybalén, Suybalén, la camisa que a todos sienta bien”, decía el anuncio televisivo) conocía a la perfección el funcionamiento de los internados y con cada camisa regalaba una esponjilla; no es que regalara, la esponja iba incluida en la caja. Nos poníamos la camisa para salir de paseo el sábado por la tarde y, aquella noche, enjabonábamos la esponja, restregábamos el cuello y los puños y la dejábamos lista para usar el domingo. Por la noche iba a parar a la bolsa de la ropa sucia y así el sábado siguiente iniciábamos el ciclo. Con una sola camisa, yo por lo menos, echábamos el curso entero.

La higiene corporal seguía un camino diferente: duchas no había muchas y que funcionaran, menos; estaban disponibles durante el estudio de las noches de los sábados y domingos, y siempre se empezaba por los mayores; durante mi primer año en el colegio no me llegó el turno ni una sola vez; se podía pedir permiso para ducharse durante el recreo de la tarde, pero entonces te perdías la merienda: o sea, que no. Los lavapiés (bidet), funcionaban durante el estudio que precedía a la cena y eran de más fácil acceso. Cuando llegué al colegio, el director me quería echar por problemas de estética en las filas; eso hizo que el primer mes estudiara más de lo habitual en mí y las buenas notas mensuales hicieron que pospusieran mi expulsión del centro. En contrapartida, me vi obligado a mantener el nivel y no podía perder un minuto de estudio; si a eso le sumamos que lavarme los pies suponía quitarme el aparato ortopédico y la venda que llevaba para protegerme el tobillo, se comprenderá (bueno, a lo mejor no) que no me lavase los pies muy a menudo y que, cuando lo hacía, no me remangase los pantalones en demasía. De vez en cuando, por la noche, cuando nos íbamos al dormitorio, me remojaba las rodillas en los lavabos, le daba una capita de jabón, y me arrancaba las costras con una navajilla “ad hoc”.
¡Que debía oler a perros muertos! Creo que todos olíamos parecido porque nadie se quejó.
Eso sí, de manos, pescuezo y orejas íbamos impolutos; como los musulmanes cuando van a la mezquita.

Mi primo Manolo dice que los estudiantes actuales no nos creerían si les contásemos cómo vivíamos los internos. No es esa la cuestión, la cuestión es que es verdad.

jueves, mayo 09, 2019

Ayer y hoy


Nací en un palacete de las afueras de la ciudad, en los últimos años de las cartillas de racionamiento. Mi casa se componía de cocina-comedor, sala de estar, alcoba y despensa o cuarto de las morcillas, que era como la llamábamos nosotros. La sala de estar servía además como despacho de mi padre, cuarto de costura y plancha, y sala de música (teníamos un arradio). En total la casa tendría unos 30 o 35 m2 habitables. Además, había un almacén que a mí me parecía enorme; allí había tenido mi abuelo la tienda y mis padres lo utilizaban como almacén para el guano.
La cocina hacía juego con el resto de la casa: a la izquierda estaban el rincón y la bazareta; a la derecha, las cantareras y, al frente, una puertecita comunicaba con el corral de las gallinas de mi abuela. En medio había una mesita y cuatro sillas, cada una de su padre y de su madre (todavía no acierto a explicarme cómo nos podíamos arreglar para comer allí); cada uno de los miembros de la familia tenía asignada cuchara propia (los tenedores eran de libre uso, toda vez que sólo se utilizaban para comer papas fritas; el pescado y las tajás se cogían con los dedos) y la cubertería se completaba con la faca para cortar el pan. Las migas se comían directamente de la sartén; en mi casa se utilizaban platos individuales para el cocido y los potajes. Para limpiarse las manos se usaba una roílla. Y, cuando había vino, se servía en porrón, al que mi padre esmochaba el pitorro porque el chorro era muy fino y caía poco.
Debía ser una de las pocas veces que no comíamos migas a medio día (estoy seguro de ello, ya que las migas no manchan los morros), cuando mi padre observó que yo tenía los labios manchados.
- Límpiate la boca -me dijo-.
Ni corto ni perezoso, cogí la roílla, abrí la boca y empecé la limpiármela por dentro.
- ¡Así no, hombre! ¡Se limpian los labios por fuera!
No es que yo lo hubiera entendido mal, es que mi padre no hablaba claro. Una cosa muy distinta es que me hubiera dicho:
- ¡Límpiate el hocico! -entonces sí que lo hubiera entendido-.

Estas cosas pasaban porque éramos muy palurdos y a los niños nos costaba aprender vocabulario. Los niños actuales son más espabilados y, parece ser, dominan mejor el lenguaje. Mi nieto pequeño acaba de cumplir 15 meses y ya sabe más de lo que sabía yo cuando le doblaba la edad. Cuando su madre le dice “límpiate la boca”, el mocoso coge la servilleta, la pone frente a su cara y mueve la cabeza de un lado a otro; como si dijera “NO” muchas veces. El tío sabe qué es la boca y para qué se utiliza la servilleta.
Lo que no sabe, y tal vez no sepa nunca, es qué es una roílla.

jueves, mayo 02, 2019

¡Y se armó el 2 de mayo!

dalr

“Hay que pillarle el tranquillo. Como a todo. Supongo que dentro de unos meses leeré esté mensaje y me partiré de risa. Cuando lo haya hecho 100 o 200 veces me parecerá que no había para tanto, pero de momento esto de abrir es bastante más complicado de lo que parecía cuando lo hacían otros.

La idea era sencilla: madrugamos (más de lo habitual, que ya es decir); antes de que lleguen los periódicos nos organizamos bien (las devoluciones en su sitio, el cambio preparado, sello, tijeras, bolígrafo, cutter y demás utensilios a mano...); abrimos y lo dejamos todo listo para que en el mismo momento que lleguen los periódicos podamos colocarlos y... ¡a vender!

Nada más abrir la puerta ¡CROCK! Primer imprevisto en forma de contusión en la espinilla (
Anotación prioritaria en el cuaderno de bitácora: hay que ordenar las cosas). Sorteamos un sinfín de cacharros hasta encontrar acomodo dentro del cubículo. Conectamos la luz y vemos con nuestros propios ojos ese desorden caótico que deberemos, a base de mucho esfuerzo, convertir en caos ordenado. Hacemos un primer análisis de la situación. La máquina de la loto está encendida y habrá que iniciar sesión cuando toda la prensa esté colocada. En aquella esquina es donde irá el tabaco cuando lo saque de los paquetes justo antes de abrir la persiana. En ese hueco debajo del mostrador que ahora está lleno de cajas de cartón es donde habrá que colocar las devoluciones por lo que a lo largo del día habrá que irlo despejando y aaaa.... aaaaaaa... aaaaa... aaa... aaa... aaaaaa...
¡ACHUÁAAAAAAAAAAAAAS!!!!
(Anotación muy prioritaria en el cuaderno de bitácora: hay que limpiar el polvo) Empezamos a preparar el cambio. Cada monedita en su sitio. Los paquetes sobrantes, a mano pero escondidos. Hay que sacar las cajetillas de cigarrillos de los paquetes y colocarlos en... ¿Qué es eso? ¡Mierda! Parece que ya están dejando las primeras entregas de periódicos. ¿Esta hora es ya?¡Y aún no hemos abierto!. No nos pongamos nerviosos. Aún es temprano. Abriremos la persiana para controlar los paquetes, no vaya a ser que vuelen. Quitamos las baldas de seguridad y le damos al botón.
¡¡¡CATACRÁS!!!
(
Anotación extremadamente prioritaria en el cuaderno de bitácora: hay que quitar los candados de la calle antes de darle al botón) Una vez ha empezado a subir la persiana el quiosco está oficialmente abierto. Los periódicos no están colocados (ni siquiera hemos abierto la trampilla donde se colocan) y menos aún las revistas, cartones y extras varios, ni se han abierto los laterales, ni el toldo, ni... pero una vez la persiana va para arriba, cualquiera que pasa se ve capacitado para empezar a pedir cosas. Suerte que es temprano y no habrá nad... (Anotación desesperada en el cuaderno de bitácora: ¿¿¿se puede saber qué hace la gente levantada a estas horas???) Un caballero ha pedido una cajetilla de Marlboro Light que, por supuesto, no he colocado aún en su sitio. Mientras busco la bolsa donde están los paquetes de tabaco, pensando en mi primera venta de nada más y nada menos que 2,90 €, otro señor pregunta por La Vanguardia. Su cara me suena, así que debe ser cliente habitual. Corro hacia los paquetes de periódicos para poder darle el suyo. La montonera de diarios se levanta en dos columnas de más de un metro cada una. Cada una de una distribuidora. ¿Quién leches trae La Vanguardia? Es Marina Press. Debí suponerlo cuando vi que el paquete que tenía más a mano era el de Logística y empecé a revolverlo. El señor del Marlboro sólo deja de mirarme para clavar la vista en su reloj. Intuyo que tiene prisa. Al de La Vanguardia no le gusta nada que esté dando tirones de su periódico para sacarlo del paquete. Además acabo de arrancar media portada. Sería más fácil si cortara los precintos del paquete pero esto ya se ha convertido en un tema de honor. ¡O el periódico o yo! Un último tirón y... ¡RAAAAAAASSSSS! He ganado yo. El periódico ha muerto despedazado (invendible) y yo, vencido, voy en busca de las tijeras. El señor del Marlboro se ha ido (casi 3 € perdidos, maldita sea mi estampa...) Por si fuera poco, alguien ha estado trasteando mis cosas porque las tijeras no están donde debían estar. Busco y busco y mientras busco caigo en que no he llegado a ponerlas en su sitio. Siguen en la bolsa con el resto de cachivaches imprescindibles para el día a día del quiosquero: grapadora, desgrapadora, tippex, cel·lo, post it, pegamento, blue tac, pegatinas de colores, clips, pinzas... El señor de La Vanguardia me mira con mala cara. "Primer día, ¿eh?", pregunta con retintín el muy cabrón. Lo mandaría a hacer compañía al del Marlboro, pero recuerdo a tiempo que una tradición de los comerciantes judíos dice que si el primer cliente en entrar en tu tienda no compra ese día será ruinoso. Aunque no soy judío siempre he sido muy respetuoso con las tradiciones ajenas así que, convenciéndome de que el señor de La Vanguardia había llegado medio segundo antes que el del Marlboro, me dirijo tijeras en mano a descerrajar el paquete y hacer mi primera venta del día. Doblando con parsimonia el dichoso diario (que ya podían hacerlo más pequeñín y manejable, digo yo), armo mi sonrisa más amable, extiendo la mano y digo: un eur.... El señor se larga sin más. ¿Estará intentando robarme en las narices? Va demasiado tranquilo para eso, pero lo que está claro es que no ha pagado. Pienso saltar sobre él y exigir mi euro cuando, a tiempo, recuerdo de qué me sonaba su cara. Es suscriptor. Una extraña sensación recorre mi cuerpo. Acabo de empezar, no he hecho ni una venta y ya estoy hecho pedazos. Tendría que cerrar y volver a intentarlo mañana pero no pienso abandonar tan pronto. Menudo diita me espera....

Así iniciaba dalr su andadura en Pies para quiosquero
quiosquera
Era el 2 de mayo de 2005 y, a las 6 de la mañana, estábamos acojonados; sobre todo yo, que no sabía si físicamente sería capaz de aguantar el esfuerzo que me iba exigir mi nuevo puesto de trabajo. Aguanté… casi 5 años hasta el momento en que la columna vertebral dijo basta y empezó a rebelarse y llamar la atención a base de pinchazos cada vez que me agachaba a coger un periódico.
quiosquero
Lo que no sabíamos aquel día era que Pies para quiosquero nos iba a abrir todo un mundo de experiencias: unas, divertidas; otras, no tanto. De todos modos puedo asegurar que el balance del quinquenio fue positivo en muchos aspectos, sobre todo en lo que se refiere a la marcha del blog. Halaga la vanidad comprobar que alguien te sigue en Río de Janeiro, Buenos Aires o Moscú. Y te quedas de piedra cuando te acercas a un quiosco cercano a la Rua da Prata en Lisboa y después de un rato de conversación te enteras que lee el blog de un quiosquero español y el tío se emociona cuando le dices:
-Yo soy Quiosquero.

Por esto me da pena que el blog esté inactivo desde hace 4 años. Aunque cada día escribo menos (y leo más, voy a intentar publicar de vez en cuando. No tendrá ya nada que ver con el quiosquero profesional, pero sí con el dueño de sus pies.
Nos vemos.