viernes, julio 03, 2009

Añorar el quiosco

Siete meses de ejercicio administrativo moderado se notan; tanto más, cuando se entra a saco en el ejercicio comercial intensivo y sin solución de continuidad (curiosa locución; nunca supe qué significa con exactitud pero suena muy bien). No es que empiece a quejarme, ya llegará el momento de analizar cómo se presenta el futuro, pero es que, hasta que no han empezado a crujirme los huesos, no me había dado cuenta cómo echaba en falta el trato con el público y sus pequeñas historias personales. Sé que muchos de los parabienes que recibo son puro cumplido pero cuando a la señora Milagros se le ilumina la cara al verme, la Panaera me obsequia con un pan artesano porque conoce mi debilidad por los fermentos naturales, o Mamá Chispa me da un par de besos mientras le ruedan unas lágrimas por las mejillas, a cualquiera se le pone la carne de gallina al tiempo que se le suavizan las coyunturas.

Hablo de pasada del precio del Punt. Me enteré ayer de la subida porque un cliente vino a pagarme los diez céntimos del día anterior. Ni que decir tiene que el nuevo precio venía en el albarán, amén de una pequeña y cuasi subliminal línea aclaratoria. Si los quiosqueros fuésemos comerciantes, quince días antes de la subida hubiésemos recibido la visita del vendedor de zona (inspector en nuestro caso) para avisarnos de la circunstancia, y el albarán del 1 de julio habría llegado precedido de un titular a cuatro columnas (por lo menos) con el recordatorio. Claro que, si fuéramos comerciantes, cada entrega de Logística señalaría el precio, descuento e IVA de cada producto servido y, además, el albarán vendría valorado. Mientras seamos ciervos (borregos), Logística tratará a los quiosqueros como lo que somos: un rebaño.

Hoy recibo un albarán de SGEL. Escaldado de ayer, leo la letra chica: “Título 6502 nº 89 en alb. 5332243 02/07/09 pasa de 3,95 a 3,50”. Susana, ¡coño!, ¿tan difícil es poner RUNNERS WORLD en vez de título 6502? ¿Qué demonios le importa al quiosquero el sistema de codificación que utilice SGEL para designar sus publicaciones? ¿A dónde me mandaríais si yo reclamase que me faltan dos ejemplares del título 3360, que es el código que corresponde en mi base de datos a RUNNERS WORLD? Os lo digo de verdad con el bagaje de 32 años de experiencia informática: un programador no tarda más de 15 minutos en poner la instrucción adecuada y hacer felices a un montón de quiosqueros. A mí por lo menos, que aprecio y agradezco esos pequeños detalles que parecen insignificantes pero que ahorran unos segundos que pueden ser preciosos.

Veo también que Marina Press ha institucionalizado el viernes como día de reparto de los magazines dominicales de El País, El Mundo de Catalunya y Avui. ¿Están repletos los almacenes de la distribuidora o es que el Señor Conde de la Marina Press y Grande de España ha aplicado una ERE a los citados magazines y nos los manda a los quiosqueros para que les paguemos el PER?

Vamos por faena. Las reivindicaciones las dejamos a las asociaciones, que para eso están. Lo nuestro, lo mío, está en la anecdotilla. A ello vamos.

Cerca del quiosco hay un centro de esos, tipo americano, donde guardan a los niños que el estado requisa a los padres que no pasan el nivel mínimo requerido para educar a sus hijos, básicamente padres jóvenes con problemas de alcohol o drogas. Los niños no sé exactamente dónde los guardan pero es aquí donde los traen el día que toca visita de papá o mamá. Frente al quiosco se ubica una empresa que tampoco sé muy bien a qué se dedica pero que algo tiene que ver con el mundo editorial. La mayoría de empleados son jóvenes y, por razones que a mí se me escapan, hacen un horario bastante informal.
Ha llegado una chica que tenía hora concertada para ver a sus hijos: una niña de once años y un niño de nueve. Se la veía nerviosa y emocionada y me ha pedido consejo para llevar a los niños un detalle que no le resultara caro. Por razones de seguridad comercial, tengo detrás de mí todas las revistas para gente menuda tirando a polludita y me he vuelto de espaldas mientras le iba cantando títulos y precios para que eligiese. En ello estábamos cuando ha aparecido un repartidor con varios paquetes. He oído cómo golpeaba en el vidrio de la puerta de enfrente.
- ¡Oiga, a qué hora abren estos tíos! –ha gritado-.
- Loka lleva un tanga de regalo y vale 2,40.
- ¡Uy, no! ¡Un tanga pa mi niña no!
- ¡Oiga, cuándo abren estos!
- La Witch lleva unos pendientes de fantasía y es algo más cara.
- ¡Oiga! ¿Sabe a qué hora abren aquí?
- Me parece que no lo saben ni ellos –he contestado sin volverme-.
- ¡Vale, hombre, muchas gracias!
Me da como que se ha ido molesto.

La gente que pregunta suele llevar prisa hasta para leer los apuntes. Cuando la chica que iba a visitar a sus hijos se ha ido después de tomarse su tiempo para esconder los obsequios en el fondo del bolso y así sorprender a los niños, ha pasado otra joven que iba embalada. He tenido la impresión de que ha hecho uso del ABS frente al quiosco.
- ¿El carré Uryel?
- Le queda bastante lejos.
- ¡Ay, no me diga eso, por favor! Si me han dicho que es aquí mismo…
Ha desenroscado la chuleta que llevaba en la mano y ha vuelto a leer la dirección.
- El carré Ruyel.
- ¿De Flor o de Lluria?
- ¡Ay, no sé! Aquí pone de Lluria; Ruyel de Lluria.
- Tira p’alante y la primera que encuentres.

Discúlpenme, amigos lectores, pero me estoy meando de risa. Mientras esto escribía he recibido una llamada telefónica. Me molesta bastante que me llamen estando en el quiosco porque, sea la hora que sea, los clientes aprovechan la llamada para venir todos de golpe a adquirir su diario; como, además, la mayoría de llamadas son para venderme algo, cada vez que suena el aparato me preparo para la gresca. La conversación ha ido tal que así.
- ¡Diga! –con tono de cabreo.
- Buenos días, Don Quiosquero –soy poco dado a los tratamientos pero que me empiecen una conversación con el “don” por delante me huele bastante mal, sobre todo si el acento me suena extraño, porque últimamente da la sensación de que todos los argentinos que residen en España se dedican a vender líneas telefónicas que casi te pagan por usarlas-, llama Seesecú de recarga de móviles –la persona que tengo al otro lado de la línea no es argentino; me da como que es chino, filipino o de otro país de ese entorno-.
- ¿Y?
- Usté ha cambiado emeil y se rechasa.
- ¡A ver, que nos aclaremos! ¿Usted de qué empresa llama?
- Seesecú, recarga móviles.
- CSQ. ¿Y a quién llama?
- A Don Quiosquero.
- Don Quiosquero ¿qué más?
- **** -me dice el apellido y acierta-.
- ¡Vale, ya nos conocemos! Ahora dígame cuál es el problema.
- Nosotros, Seesecú, manda mensaje a su correo y rechasa.
- Un momento –accedo a Outlook y visualizo los correos de CSQ; en el último que he recibido me mandan la factura de la semana 26-. Vale. He recibido el PDF de la factura de la semana pasada.
- Eso. Pero mando factura semana veintisiete y rechasa. Usted ha cambiado su emeil.
- ¿Qué coño voy a cambiar?
- ¿Perdón?
- Que mi dirección de correo sigue siendo la misma.
- No, nosotros mandamos a anal, telé fónica, punto, net.
Un cliente llega y recoge su AVUI. Hace intención de darme el dinero pero acaba encogiendo la mano y me dice por señas que se espera. Esto es lo que oye.
- Deletrea… A de Antonio… N de Navarra… A de Antonio… bueno, hombre, A de Alicante… y L de Londres. ¿ANAL, algarroba, telefónica, punto, net? ¡No jodas, tío! ¡Claro que me han dado por culo muchas veces pero electrónicamente todavía no!
El cliente del AVUI está descojonándose de risa. Me fijo en el último correo electrónico recibido de CSQ y, en efecto, está enviado simultáneamente a anal@telefonica.net y a mi propia dirección. Algún listo debió pensar que era absurdo mandarlo a dos sitios y se cargo la dirección buena.
El chino del otro lado de la línea no acaba de enterarse de las explicaciones que trato de darle, así que corto por lo sano.
- Borra la dirección que tienes y apunta la nueva. ¿Vale? Q de culo… ¡no, coño, de kilo no! Q de queso, U de Universidad… bueno, como quieras, U de Ucrania…
Al final parece que ha tomado bien la dirección porque no me ha vuelto a llamar. El del AVUI seguía divirtiéndose.
- ¡Jo, en la vida había oído una conversación igual!
- ¡Anda la hostia, ni a mí me habían dado por culo por email!

jueves, julio 02, 2009

Promo... cuentos

Hago un receso. Ya han pasado todas las distribuidoras y cada montoncito de revistas ocupa su sitio en la exposición permanente. Estaba a media faena cuando he recibido una llamada telefónica. Lo típico; dos noticias: una buena y otra mala. Las noticias; primera: alguien inteligente considera que soy un tío inteligente; segunda: de todos modos, próximamente me van a dar por culo. Juzgue el lector cuál es la buena y cuál la mala.

Entramos en faena. Sé que me pongo pesado hablando de lo mal que voy de tiempo pero lo cierto es que no hay bombardeo al que no me apunte. Desde meses ha, echo de menos un lugar que me diga qué promociones "regalan" hoy los periódicos. Me ofrecieron el medio y yo ofrecí mantener la base de datos. El medio ya está y ahora resulta que no tengo tiempo para cumplir lo prometido. Ayer hice un esfuerzo y empecé por introducir las promociones más recientes. Fui a parar a la web de El País. Cine Western. Inicio el 28 de junio; sucesivas entregas, jueves y viernes al módico precio de 1 euro. Inconscientemente hice scroll en la página y lo vi.

PREGUNTAS FRECUENTES
Fui al kiosco y compré el periódico, tengo el cupón pero no pude adquirir la entrega de la colección de Cine del Oeste porque estaba agotada: Puede ir al punto de venta con el cupón y decirle que le solicite la entrega como una reposición por agotados [éste es el cuento]* y poder beneficiarse del cupón.
Si nos lo solicita a nosotros el precio sería más alto. Le recomendamos, que si lo hace a través del punto de venta, realice la petición en la fecha más próxima posible a la de comercialización de la entrega.
* La acotación es mía

¡Díjole!
La primera entrega llevaba por título El rostro impenetrable. ¡Coño, perdón, claro! ¡Como que lo tienen de cemento armao! Si el que suscribe, de profesión quiosquero, pide una película atrasada después de haber devuelto los excedentes, aunque incorpore 500 cupones, Marina Press o El País le cobrará la película y el diario, diario que, por supuesto, no mandan y que si pidiésemos, nos lo cobrarían al doble del precio de portada (¡Anda, Haddock, a ver si tienes argumentos para explicar por qué Marina se puede pasar el precio de portada por el forro y un quiosquero no!). Podría quedarme las películas sobrantes por si aparece un cliente hipotético pero, según última normativa distribuida por la Asociación Profesional de Vendedores de Prensa, número mata número menos dos, en cuyo caso corro el riesgo de tragarme los sobrantes. Y, además, no me sale de…, no tengo por qué mantener un inmovilizado material (¡toma ya!). Si lo que El País pretende es echarnos encima a los clientes, en este quiosco ha pinchado en hueso. Entre Quiosquera y yo le mandamos en su día 10 ó 15 clientes a que le pidiesen la garantía del reloj que regaló cierto domingo. Y después de cuatro años y dos meses (justos) tenemos entre nuestros clientes la suficiente credibilidad para que se acuerden de otras madres cuando una firma editorial cualquiera los putea

miércoles, julio 01, 2009

Miércoles al sol

Me cachis en la mar…
Son casi las dos de la tarde y apenas acabo de finalizar la apertura y coloque de los paquetes de revistas. Y eso que esta mañana Salva se cayó del catre y ha venido a ayudarme a abrir el quiosco.
Aunque quizás sea mejor empezar por el principio…

Anoche andaba algo excitado. Intenté cuadrar la factura de la distribuidora del Señor Conde y se me disparó la adrenalina; la diferencia se aproximaba peligrosamente a los 400 €. Nada de importancia; como el miércoles fue San Juan, no hubo recogida, y como la recogida se retrasó 24 horas, el abono se demora una semana… Minucias. Lo cierto es que el Tranquilium no me hizo efecto y, entre los nervios y la subida de la temperatura, me entró el mal de San Vito cuando me metí en la cama. Acabé poniéndole los cuernos a Quiosquera y fui a acostarme con la Calor junto a la puerta que da a la terracilla. El escarceo duró hasta pasadas las 12 y, aun así, no he dormido bien. Como consecuencia, desperté una hora más tarde de lo que debía. He recuperado bastante tiempo a base de no afeitarme ni desayunar ni ná de ná (me duché anoche, ¿vale?) y salía del garaje con sólo 5 minutos de retraso respecto al horario previsto. Entonces sonó el móvil. Salva estaba ya junto al quiosco y llamaba para asegurarse que no me había quedado pínfano. Me ha ayudado a abrir, a colocar la prensa y parte de las revistas de SGEL e, incluso, me ha permitido un desayuno ligero. Cuando se ha ido, cerca de las 9, sólo me quedaba por poner la gurrifalla de SGEL y en ello me he empleado. SADE llega más tarde.
Por un momento me ha dado la sensación de un suceso ya vivido. Parecía como si estuviese entrando los albaranes del día anterior…
· Tendencias, número 144: 2 ejemplares. Stock resultante: 4.
· Rutas del Mundo, número 218: 1 ejemplar. Stock resultante: 2.
· Integral, número 355: 1 ejemplar. Stock resultante: 4. ¡Quieto, parao! Recuerdo que ayer vendí una al Doctor Midí y no pueden quedar tantas. Visualización del histórico: día 26, 2 ejemplares; día 29, 2 ejemplares; día 1, 1 ejemplar…
¿Para qué seguir? La cuestión es que los quiosqueros estemos entretenidos y nos quede el mínimo de tiempo para pensar. Pensar es perjudicial tanto para el pensante activo como para el pasivo.

Claro que, en total, eran dos o tres paquetitos de nada. Salva se los hubiera ventilado en un santiamén pero yo, además de ser más lento de reflejos y otras cosas, soy más puñetero y voy sacando punta a cada esfuerzo que hubiera podido ahorrarme si todos fuéramos un pelín más considerados. Y luego está Murphy… La gente pasa junto al quiosco y, por lo general, ni mira, pero basta que uno tenga la atención puesta en cualquier otra cosa para que la clientela tapone la acera y, además de volverme loco intentando despejar rápidamente el panorama, impida el paso a capacitados y discapacitados (no tengo noticia de que el ayuntamiento piense multar por esto).

Menos mal que, de tanto en tanto, pasa algo que ayuda a animar a este quiosquero y su blog. Hoy, Mía “regala” unas chanclas veraniegas por sólo 2 reales (50 cts.) y hemos sostenido 14 conversaciones del tipo:
- ¿Tiene del número 38?
- No lo sé, señora, es talla única.
- …
- ¿Cree que me estarán bien?
- Eche la revista al suelo y ponga el pie encima…

Sobre las 11 se ha parado una pareja.
- Mira, cariño, unas chanclas.
- Eso no valdrá nada.
- Bueno, con que me duren hoy; es que los zapatos me llevan muerta (la frase correcta debería haber sido “me están matando”).
La señora ha destripado el envoltorio y ha intentado calzarse la primera chancla, la cual se resistía y no acababa de colocarse en su sitio.
- A ver si ahora le van a quedar pequeñas... –he dicho por decir algo-.
- No se preocupe que ésta entra. Es que tengo los pies hinchados. ¿No ve? Me llega hasta los tobillos. ¿A usted no se le hinchan por el calor?
- A mí se me hinchan por el calor y por estar mucho rato de pie, pero se me hinchan hasta más arriba.
- ¿Ve? ¡Ya está! Venimos del norte y para ver la ciudad hay que ir cómoda –me he acordado de lo fresquito que se ha de dormir en el norte mientras yo he pasado aquí la noche del loro-. ¿Me daría una bolsita para llevar los zapatos?
¡Faltaría más!

El inglés ha sido más simpático. Llegó, eligió Hola y Lecturas y me largó 10 € mientras que, con un español fluido y por señas, me decía.
- ¿Plástic beg, plis?
- Plis no me queda pero plástic beg sí.
- Zenquiu güery mach.
Y se ha ido tan contento a practicar el idioma leyendo los problemas de corazón de las famosas.

A los dos últimos no los he entendido.

Ella.
- ¿Tiene tarjetas para recargar móviles?
- No, pero le puedo añadir a su móvil el saldo que necesite.
- ¿Cuánto es el mínimo que puedo recargar?
- Cinco euros.
Ha hecho un mohín y se ha dado el dos. Cuando tenía tarjetas, la más barata era de 15€.

El.
- Usted no vende tabaco, ¿verdad?
- Sí, sí vendo.
- ¿Hay algún estanco cerca?
- Un poco más abajo.
- ¡Venga, hasta luego, gracias!

martes, junio 30, 2009

Salud y trabajo

No sé quién fue el gilipollas que dijo que el trabajo es salud pero a buen seguro que se quedó descansado; podría ser que el saludable fuese apto para el trabajo, podría ser que quien no trabaje vaya perdiendo la salud por inanición, podría ser, incluso, que el trabajo sea como el tabaco y mate poco a poco, pero de ahí a que el trabajo sea fuente de salud…

Salva empezó su primera quincena de vacaciones y he pasado de convaleciente (casi desde la UCI) a jornada intensiva (de seis a seis) sin calentamiento previo. Las consecuencias eran previsibles:
a. Salva no se ha movido de España pero su inactividad se ha hecho notar en Centroamérica: golpe de estado en Honduras con el presidente Zelaya en manos de los militares golpistas.
b. Mis musculitos, que llevaban bastante tiempo de relax, han entrado en rebelión dando un golpe de bago a los huesos. El presidente Lum fue atacado por los rebeldes aunque opuso seria resistencia. Fruto de la misma es que los músculos más jetas se quejan de ataques agu.

Minucias aparte, he encontrado el quiosco medio vacío, y digo bien, medio vacío. A mí me gusta tenerlo medio lleno. Eso explica que durante este tiempo de crisis se haya ido manteniendo la gráfica económica dentro de límites aceptables. No hace mucho hacía referencia a San Fermín. Insisto. Este año correré los encierros dentro del quiosco y lejos de Estafeta; no tengo claro dónde será la corrida.
Otro cambio que observo es que el quiosco se ha estrechado. Aprovechando mi ausencia, los agentes vendedores de chicle, maní y caramelos han colgado más expositores. Ayer pasé media jornada recogiendo Trident Senses en la acera; y bolsitas de Haribo. Quiosquera no se explica tamaña torpeza por mi parte y he tenido que recordarle que, gracias a mi chulería innata, balanceo ostensiblemente el cuerpo al andar y arrollo con ambos hombros.

El resultado es que ayer, cuando salí del quiosco a las seis, entré en Superwaiter de estampida por razones obvias: no había meado desde las 10 de la mañana. La puerta del retrete es corredera (chiven… que diría un alemán). La abrí en el mismo momento en que pisaba una colilla y perdí la tracción de la pierna izquierda: topetazo contra la pared de enfrente. Me di justo a la altura del cuerno izquierdo y me acordé del día de San Juan cuando entré en la cocina a preparar el desayuno a mi madre; abrí la puerta del armario altero, saqué el bote de Nescafé y cerré la puerta: se me olvidó apartar la cabeza y me hice un pequeño agujero en la base del cuerno. En el retrete de Superwaiter tuve más suerte: sólo me hice daño y no me rompí nada. Salí con la misma fuerza que había entrado y estuve por pedir un café con hielo pero vi que el Súper no andaba de buen humor y me abstuve. Me conformé con una caña que me tragué al tirón.
- Se te ha derramado en el Lacoste –a fin de cuentas estaba menos cabreado de lo que parecía-.
- No, Súper; lo del Lacoste es sudor.
- Joder, yo creía que se te habían hecho agujeros en el pecho.
- Es lo único que me falta porque estoy hecho polvo.
- No lo parece. La gente aquí dice que te ve muy bien y bastante animado.
- Es teatro; se me da bien.
- Pues la gente se lo cree. Ya ves, yo no puedo. A mí me gusta quejarme.
- Hombre, yo también me quejo. Me quejo delante de la familia, me quejo delante de los amigos, me quejo en el blog… Pero cuando estoy en el escenario todo me va bien; física, moral y económicamente la vida me sonríe.
- ¿Cómo puedes?
- Es fácil. Cuando te quejas, los miserables se alegran. “Será desgraciao el tío, piensan, ¡cuántos quisieran llorar con sus ojos!” Pero si presumes que todo te va bien, es distinto lo que dicen: “¡Hijoputa, está como un roble y encima gana dinero!”.
- Dices lo mismo que mi mujer. Ella cree que a la gente le jode que a los demás les vaya bien.
- Estas casado con una persona inteligente.

He pasado la noche regular. Lo difícil ha sido ponerme de pie; tanto, que la cabeza ha llegado al lavabo 10 minutos antes que el resto del cuerpo. Poco a poco se han engrasado las bielas y he podido abrir el quiosco sin mayores problemas. Con la ayuda de Quiosquera, claro, que me ha mandado a recuperación antes de incorporarse al trabajo por el que cobra.
Meada de rigor, un par de garfás de agua a la cara, y café. Al Súper le ha extrañado verme llegar con bastones, de los que prescindo en distancias cortas.
- ¿Qué pasa?
- Que estoy hecho fango.
- ¿Se puede arreglar con 3 en 1?
- No, necesito engrase, lavado y cambio completo de aceite.

Como decía, me encuentro de puta madre.

viernes, junio 26, 2009

Hay que engañar al estado…


Por su tema, debería escribir este comentario en Decúbito Supino dado que nada tiene que ver con el quiosco, pero enlaza perfectamente con la racha que inicié ayer y no he podido resistir la tentación de incluirlo en Pies.

Creo que era en la película “La gran evasión” donde el comandante alemán del campo de prisioneros indicaba a su colega británico que, si no intentaban fugas, la vida allí podía serles placentera.
- La obligación de todo prisionero es intentar la huída para tener entretenidos a sus guardianes –fue, más o menos, la respuesta del inglés-.

Y eso es lo que debemos hacer los ciudadanos de bien: intentar engañar al estado todo lo que podamos porque, en el momento en que ellos anden relajados, se las inventan para chorizarte los euros por los cuatro costados. Legalmente, claro.
Cuando uno contrata un inmigrante por una pequeña temporada, lo que debe hacer es no darlo de alta en ningún lado, tratarlo a puntapiés y pagarle lo justito para que no se muera hasta que acabe su faena. Eso es lo que yo debí hacer el año pasado al emplear a una boliviana para que cuidase de mi madre durante tres meses; pero quise ir de legalista y le hice un contrato a la vez que la daba de alta en la Seguridad Social. Hubo un problema: no la podía dar de alta porque ella se estaba pagando los autónomos. Fue fácil resolver la cuestión; ella me enseñó su recibo y yo le incrementaba cada mes sus estipendios en la cantidad que ella empleaba en derechos sociales. Y así durante tres meses hasta finalizar el contrato.
Al cabo de unas semanas, la boliviana nos llamó; estaba sin trabajo y no le iba bien pagar la Seguridad Social pero, cuando fue a darse de baja, no pudo hacerlo ya que constaba que era yo quien la había dado de alta. Hice la gestión oportuna y me olvidé del tema aunque el funcionario de turno no fue capaz de aclararme en base a qué documento aquella inmigrante fue dada de alta como mi empleada.
Justo un año después he recibido un DOCUMENTO DE PAGO DE PROVIDENCIA DE APREMIO por la cantidad de 185,62€ en concepto de cuotas no pagadas por empleada de hogar en régimen de contrato fijo. Eso en un mes en que la empleada de hogar ya no estaba empleada. No acaba aquí la cosa: el mes que viene recibiré otro documento de similares características.
O sea, que cada vez que hicimos una gestión en el Ministerio y nos dijeron que no podía ser, fue. Y como no debería haber sido, nadie hizo la corrección oportuna y ahora me toca pagar 185,62X2 euros. Y agradecido, porque si algún funcionario no hubiese puesto límite de tiempo…

La cuestión es que, aclarado el asunto con el estado, esta mañana he ido al Banco de Santander a pagar la cuota distraída. El banco no lo he elegido yo, sino el ministerio. La sucursal que hay cerca de mi quiosco es a prueba de ladrones; hay una puerta grandota que da a un recibidor mediano, separado de las oficinas por una doble puerta: para que la primera se abra, la segunda debe estar cerrada y para poder abrir la segunda, se ha de esperar a que la primera se bloquee. En medio queda un espacio que, por mi capacidad torácica y anchura de hombros, es similar al de un ataúd puesto de pie. La primera puerta la he pasado sin ningún problema; la segunda se abrió suavemente respondiendo a la tracción de mi mano izquierda. He esperado a que la puerta se cerrara y, entonces, he empujado el último obstáculo que me separaba del mostrador. Creo que digo mal porque el empujón ha quedado en el intento y la puerta ha permanecido impávida. Una voz me hablaba desde arriba y no era Dios.
- Lleva demasiado material metálico. Salga al vestíbulo, deje el material sobrante y vuelva a entrar.
Repaso mentalmente los objetos metálicos de los que puedo prescindir.
· Gafas: No pude ser; si me las quito no veo tres en un burro.
· Una cadena con una cruz, regalo de mi madre: Madre no hay más que una y la sucursal da a la calle; tampoco.
· Las llaves de casa y las del Ferrari: Puedo prescindir de ellas pero hacen poco bulto.
· El aparato ortopédico: Lo llaman bitutor. El bi debe ser porque lleva dos barras metálicas más o menos rectas, unidas entre sí por otras barras metálicas más o menos curvas. Lo de tutor no sé de dónde viene. Imprescindible.
· Dos bastones metálicos con empuñadura de plástico por aquello de que por tres puntos sólo pasa un plano y, por tanto, contribuyen a la estabilidad del tutor.

Total que he golpeado con uno de los bastones sobre el vidrio de la puerta hasta que la chica del mostrador ha mirado; ha sido una mirada intensa. La misma que cuando uno lleva prisa y quiere pedir un café en el bar de la esquina: el camarero mira pero no ve. O si se quiere pagar un periódico con el precio justo y el quiosquero parece afectado de cataratas. Al final he levantado un bastón lo más alto que podía mientras golpeaba con el otro. Gracias a Dios que la puerta admitía la opción manual y he podido pasar.

Cuando he terminado la operación (ajustar cuentas CON el estado) y tomado el camino de salida, iba nervioso. ¿Y si la puerta no se abre y me quedo como José Luís López Vázquez en la cabina? No ha habido problema. Lo jodido para un ladrón es entrar en el banco. Al salir no le controlan la calderilla.

jueves, junio 25, 2009

Como decíamos ayer...

Tal vez debería empezar mi comentario con la archisabida frase de “como decíamos ayer…”, pero ni soy Fray Luís de León ni he estado callado durante este tiempo. De todos modos han sido siete meses y dieciséis días alejado de los centros de toma de decisiones del quiosco y, ahora que Salva acaba de dejarme sólo, me encuentro como gallo en corral ajeno.

Lo cierto es que arranqué con buen pie. Ayer, a última hora, la impresora dijo basta y se declaró en huelga de cartuchos caídos. Dalr volvió a la prehistoria e hizo a mano la nota de devolución. Mi primera misión, por tanto, ha sido llevar herramienta tan necesaria al médico. No contaba con las colas de espera de la Seguridad Social.
- Por lo menos tardaremos una semana en mirarla.
Y eso me lo dice Víctor, cuyo hermano fue durante 18 años mi jefe y amigo.
- ¡Joder, tío! Sin impresora me dejas vendido.
- Tengo una Brother MFC-290C que imprime, escanea, fotocopia y manda faxes, que, por ser tú, te la puedes llevar por 75 euros.

He mandado a Salva por ella, la hemos desembalado (siguiendo las instrucciones) y la he enchufado a ojo. Al tercer intento se ha dado cuenta de que le habíamos puesto los cartuchos de inyección y nos ha deleitado con una demostración de lo que es capaz de hacer. El mes que viene, si vamos holgados de tiempo, aprenderé a trabajar con el resto de funciones; o quizás espere a que tenga la necesidad de utilizarlas.

Para ser mi primer día de trabajo he considerado que me convenía descansar un rato y he ido a tomar café. Superwaiter discutía con Himmler.
- ¡La culpa de la derrota de España la tuvo el negro!
- ¿Obama? –pregunto inocentemente-.
- ¡No, coño! ¡El negro que nos metió el primer gol!
Al menos compruebo que los ánimos continúan como siempre. Pero no me da tiempo a acabar el café. Salva asoma la cabeza con expresión de angustia.
- Jefe, el ordenador se paró.
- ¡Y parió la abuela!
Me trago lo que queda de café y me introduzco en el quiosco. No tengo ni puñetera idea de por qué puede dejar de funcionar un ordenador, pero como tengo un destornillador a mano, lo abro (el ordenador). Hay cables y pelusa; sobre todo, pelusa. Me paso por un comercio cercano y compro un bote de aire comprimido. La polvareda es de aúpa pero, cuando conecto el ordenador, uno de los ventiladores apenas gira. Paso media hora sacando pelusa apelotonada en las rendijas del difusor; nuevo golpe de aire comprimido y el ventilador arranca con más fuerza que las aspas de un molino. Parece que, de momento, hemos salvado la rebelión de la tecnología.
Parece…

Las 12,15 es mi hora. Es la hora en que dejo el quiosco y me acerco a casa a comer algo. Como no tengo que volver hasta las 2, me da tiempo a leer un ratito… o dar una cabezada. Hoy no. El Ferrari se ha negado a arrancar; bien, ni eso. Simplemente estaba eléctricamente muerto. Pues a casa en el tren de las 2.

A todo esto, no he hablado de mi enfermedad. No la conozco; la doctora parece que tampoco. Después de siete meses y dieciséis días, mi salud ha seguido una gráfica similar a la de la bolsa: ligero descenso hasta un cierto mínimo, subidón repentino, bajadas a trompicones motivadas por los inversores que quieren ganancias rápidas y, finalmente, caída en picado a niveles similares a los mínimos históricos. O sea, estoy donde empecé y vuelvo porque Salva necesita vacaciones. La doctora me indicó que lo que fuese que tengo me produce abulia. Eso me ha levantado el ánimo. Abulia es enfermedad regia; es la enfermedad que aquejó a la mitad de los Austrias españoles, siempre que contemos a Felipe el Guapo. Si no lo contamos, la enfermedad afectó a todos los monarcas menos a los dos primeros (depende). Es verdad que yo no he contado con validos como el Duque de Lerma o el Conde-Duque de Olivares, pero he contado con colaboradores válidos como Salva, Quiosquera y Dalr que han mantenido en alza el pabellón y me lo han puesto muy difícil para mantener su línea económico-social.

Estamos de nuevo en la brecha

domingo, junio 21, 2009

EL CACHITO

Contando con el precio de cualquier periódico de un domingo, y teniendo en cuenta que no escatiman en papel, a veces hay quien no quiere renunciar a su “cachito”, ni siquiera por hacer un favor.
Verán, acabábamos de abrir dalr y yo el quiosco hace ya unos cuantos domingos, cuando el primer cliente me pide la película de La Vanguardia: la miré y pensé ¡vaya, por fin sacan una que no he visto! Hoy me la quedaré. Al próximo cliente que no se la quiera llevar le pediré el cuponcito. Dicho y hecho. Llega el cliente, le pido el cuponcito, me dice que sí con la boquita muy cerrada (por lo que entiendo que no me lo da con mucho entusiasmo) y ya, cuando le he mutilado el periódico con un corte perfectamente recto y llevándome a penas un milímetro alrededor del dichoso cupón, por aquello de molestar lo mínimo, el cliente me dice: ¿podría Vd. pegarme un cachito? Es que este pequeño orificio me va a impedir pasar sin dificultad las páginas. Con la amabilidad que me caracteriza, aunque no sin sorpresa, recorté un trocito de un papel de las mismas dimensiones que el que la había quitado. Lo hice a imagen y semejanza del que había recortado, lo juro. Lo encajé casi perfecto y se lo pegué pulcramente con cinta autoadhesiva transparente. El cliente me dio las gracias, pagó y se llevó su original ejemplar de la Vanguardia.
Bien, hasta aquí todo siguió como siempre y, por lo tanto, me olvidé del tema del cachito hasta la semana pasada en que, una amable viejecita, clienta de las que jamás se había hecho notar, nos dice “Oiga, ayer, el chico que tienen Vds. aquí durante la semana, me vendió un periódico recortado” y siguió: es que, mi marido cuando lo vio, me preguntó si yo hacía alguna cosa y le contesté que yo me pensaba que era él quien la hacía (no me atreví a preguntarle de “qué cosa” me estaba hablando, pero no me quedó demasiado claro. Supongo que de colecciones ¿?). Total, que los señores estaban molestos y querían que le llamásemos la atención a Salva por semejante acto vandálico. Dalr y yo le dijimos que lo haríamos sin tardanza y, cuando se fue, no pudimos por menos que echarnos a reir; sobre todo, pensando en la gran “pérdida”. Los dos coincidimos en que Salva no suele hacer este tipo de cosas sin consentimiento del cliente, por lo que ni le dijimos nada, ni le dimos mayor importancia al comentario de la señora.
Y ahora viene lo mejor. Esta mañana, se acerca como de costumbre la señora con su perrito y nos dice: Ah, creo que ya sé lo que pasó con el periódico del otro día porque, ayer, cuando vine a comprar como de costumbre, le pedí el DVD infantil que salía, para llevárselo a mis nietos, y me fijé que, el muchacho, me recortó un trozo del periódico. Le pregunté por qué lo hacía y me dijo que era un cupón que tenía que recortar para poder vendérmelo. Supongo que por eso me lo dio así la pasada semana.