jueves, junio 25, 2015

Piratas del Caribe MMXV

En su exposición final, el abogado de CEMUSA, en el caso “CEMUSA contra los quiosqueros” (unos cuantos), dijo algo así como que “probablemente en esa asociación hay alguien que mande, que lleve pata de palo y parche en el ojo”. Meses antes yo había escrito algo similar en el post Publicidad y Quioscos: “En este mundillo hay mucho garfio y parche en el ojo tuerto (apreciación personal)”, donde por razones obvias, utilicé “garfio” en lugar de “pata de palo”.
Lo que el abogado vino a decir con todas las letras es que el hipotético mando de la asociación era, ni más ni menos, un pirata.
Y de piratas hablamos.

Desde que se destapó el caso Filesa no hemos parado de despertarnos con noticias referentes a la corrupción de algunos de nuestros políticos. De los que tenían cargo ejecutivo y de los que tenían cargo legislativo. Galicia, Cataluña, Islas Baleares, Valencia, Madrid, Andalucía… son ejemplo sangrante de cómo los que votamos somos cómplices de los mangantes desde el momento en que insistimos en mantener en el poder a quienes han manejado de forma oscura los fondos públicos.
Habría que añadir la corrupción de los empresarios (y altos ejecutivos) que han llevado a la ruina a muchas de sus empresas mientras ellos disfrutaban de sueldos millonarios y encima cargaban a la firma sus gastos corrientes.
Y las cajas de ahorro gestionadas por políticos.
Y los bancos.
Y…

Nos quedaba el poder judicial. Todo el mundo sospecha que la justicia no es igual para todos, pero hemos visto que, con mayor o menor rigor, grandes torres han caído, lo que ha hecho que tengamos una cierta confianza en los tribunales. Claro que esa confianza se pierde en el momento que uno se ve envuelto en un proceso, ya que alguno será el motivo de que entendamos la maldición gitana: Juicios tengas y los ganes.
Y es que alrededor de la justicia no sólo se mueven los jueces; alrededor de la justicia se mueve mucho dinero y es al olor del parné cuando acuden los piratas.
Para acceder a un tribunal, el llamado ciudadano de a pie necesita que lo represente un abogado. En mi ignorancia, siempre había pensado que el abogado es el intermediario entre su cliente y los tribunales, pero no es así. No sé si por ahorrarle tiempo a los picapleitos o para darle trabajo a los licenciados que ni siquiera son picapleitos, entre abogados y jueces actúa un intermediario: el procurador. Este personaje es el que se encarga de recoger los papeles que entregan los abogados y pasárselos al juez y viceversa; y por ese trabajo cobra. Y su trabajo lo pagan aquellos que se han visto envueltos en un pleito. Parece ser que lo normal es que el litigante pague a su abogado el total de la factura y éste se encargue de abonar su alícuota parte al procurador.
Pero no siempre es así.
Tengo constancia de dos casos en que al litigante (o litigado) le han reclamado por dos veces el pago del importe que corresponde a su desconocido procurador. Veamos las partes y su documentación:

1.- El abogado defensor pasa aviso de costes a sus defendidos donde se incluye su propia parte y la que corresponde al procurador.
Estado de cuentas según el abogado defensor

El demandado debe la cantidad de 600€ por las intervenciones de abogado y procurador. En caso de no pagar se entiende que no está de acuerdo con la minuta y será el juez quien determine el importe de la misma.

2.- El demandado transfiere la cantidad requerida, que incluye honorarios de letrado y procurador.
Transferencia a favor del abogado defensor

3.- La ESTA PROCURADORA QUE SUSCRIBE se dirige al Juzgado para reclamar a los demandados la cantidad de 55,30€ que le debe cada uno.
Reclamación de la procuradora

4.- Jura de cuentas (copio del artículo de J.R. Chaves en contencioso.es JURA DE CUENTAS: CUANDO EL CLIENTE NO PAGA A SU ABOGADO)
[la jura de cuentas o cuenta jurada es el procedimiento que] permite al abogado encauzar de forma sumaria el pronto cobro de lo debido… el mismo privilegio asiste a los procuradores para cobrar lo que les adeudan…
O sea, el abogado o procurador dice al juez lo que un sujeto le debe y éste (el juez) emite una CÉDULA DE NOTIFICACIÓN Y REQUERIMIENTO para avisar al moroso de que dispone de 10 días para poner los números en orden.

5.- curioso es que los 55,30€ que reclama el procurador derivan de dividir por 24 una factura a nombre de una determinada asociación de quiosqueros, asociación que forma parte de la demanda y por conceptos diferentes que los quiosqueros; en  ningún sitio dice que tal asociación actúe en nombre de sus asociados ni quiénes son éstos. Aun así, el juez firma la “jura de cuentas”.
Factura que emite la procuradora

6.- Conclusión: El abogado cobra de sus defendidos una cantidad de dinero que se ha de repartir con el procurador. Si se ha quedado el importe completo, es un pirata; si ha pagado al procurador la parte que le corresponde, el pirata es el procurador. Si la factura presentada al juzgado no tiene nada que ver con los demandados, el procurador sigue siendo un pirata dado que trata de cobrar a unos los gastos generados por otros, y el juez es “colaborador necesario” por haber concedido la patente de corso.

El segundo caso es mucho más pintoresco en cuanto a su documentación. No lo voy a contar porque me falta un documento, mejor dicho, me falta la firma en un documento, y para adentrarse en tierra de piratas es mejor apuntarse a un crucero por el Caribe.

martes, mayo 19, 2015

Alea iacta est


Según me comunican, CEMUSA ha solicitado la ejecución de la sentencia para el procedimiento 370/2009 del Juzgado Mercantil nº 7 de Barcelona que condenaba a una treintena de quiosqueros a resarcir a la empresa publicitaria por “lucro cesante” derivado de la ruptura de contrato que, según sentencia, llevaron a cabo estos quiosqueros.
La sentencia, considerada excesivamente dura por expertos, puede llevar al cierre de una docena de quioscos y a que otros vendedores afectados tengan serias dificultades para hacer frente a las indemnizaciones.

El proceso, que arrancó en junio de 2007 y que ha durado 8 años, se ha cerrado (se está cerrando) con la condena de sólo una de las tres partes demandadas. Al margen de la justicia o injusticia del fallo judicial, tema en el que no estamos capacitados para opinar congruentemente, presenta aspectos muy interesantes para analizar el funcionamiento de los juzgados españoles. Desde luego no se parece en nada a lo que nos enseñan en las películas o en las novelas de ficción. Quizá algún día me decida a escribir sobre ello; lo que no sé es qué enfoque darle: novela, ensayo o tragedia griega. 
El tiempo dirá.

miércoles, mayo 06, 2015

¿Hacia dónde vamos?

Cada día me cuesta más entender el funcionamiento de la economía; sé que si gasto más de lo que gano, acabaré sin poder hacer frente a los pagos, y si vendo más barato de lo que compro, la ruina no se hará esperar.

Recibo una llamada del “grupo Godó” ofreciéndome una suscripción a buen precio durante un año:
- ¿Es usted lector habitual de prensa? –me pregunta.
- Más o menos.
- ¿Qué prensa compra usted?
- No compro.
- …
- Soy quiosquero
- ¡Ah! Eso es un buen disparo. Verá tenemos una oferta de suscripción a El Periódico + Sport (?) con un descuento del 50% durante un año y se puede pagar mensualmente sin recargo, una oferta de suscripción a La Vanguardia con un descuento del 25% durante un año que hay que pagar por adelantado, y una oferta de suscripción a La Vanguardia + Mundo Deportivo con un descuento del 50% durante un año y que también hay que pagar por adelantado.
- Sí, pero para que quiero suscribirme si…
- Usted puede ofrecerle la suscripción a sus clientes o a bares cercanos. Esta oferta es para recoger en quiosco; en ningún caso se les llevará la prensa a casa.

Bueno. Una oferta que, parece ser, no hace competencia desleal. Claro que, si calculo la diferencia entre ingresos y gastos, no me salen las cuentas:
1,30 de El Periódico + 1,00 de Sport = 2,30 que, al aplicarle el 50% de descuento, queda en 1,15€ que es lo que cobra la empresa editora por la venta. A esto habrá que restarle los 2,30 que va a cobrar el quiosquero, lo que daría una pérdida de 1,15€ diarios.
No es tan fácil.
En realidad, la empresa cobra 1,15€ del suscriptor, más 1,84€ del quiosquero, menos 2,30€ que debe pagar al quiosquero, es decir, 0,69€, que es algo más de la tercera parte de lo que ganaría en una venta sin suscripción (al margen, claro, de lo que pague a la distribuidora).
Si los números son correctos, el precio de la prensa escrita podría bajar sensiblemente. Y eso, ¿favorecería o perjudicaría a los quiosqueros? Lo que es seguro es que si la prensa sube, disminuyen las ventas; lo contrario no tiene por qué ser necesariamente cierto.

He celebrado la Fiesta del Trabajo (San José Artesano se llamaba cuando yo era pequeñito) con un fin de semana en tierras de Ángela Merkel y alrededores. Me ratifico en lo que ya he dicho en varias ocasiones: en la Europa seria en los quioscos se venden suvenires, postales, bolsos, bebidas y bocadillos; nada de prensa. En único local de venta lo vi en el aeropuerto de Frankfurt-Hahn y me resultó curioso. Las revistas estaban re-etiquetadas y no pude ver el precio original alemán pero sí vi su traducción en libras (en algunas) y era equiparable:
   HELLOU 4,90€
   VOGUE 13,40€
   INSTYLE 10,15€
   INSTYLE MINI 10,15€
   COSMOPOLITAN 7,30€
   COSMOPOLITAN MINI 7,30€
Y sin trampa ni cartón, quiero decir, sin regalos ni envoltorios especiales.
(Repito: precios re-etiquetados en aeropuerto Frankfurt-Hahn).
¿Podríamos vender en España a este precio? Indudablemente no y mucho menos sin el correspondiente tetrabrik de consomé o el bikini transparente cuando se moja. Pero hay una cosa que me llama poderosamente la atención: la revista normal y la mini tienen el mismo precio. 
Seguimos siendo gilipollas.

jueves, abril 23, 2015

De logaritmos y otros cálculos aritméticos

Fue John Napier o Neper quien, a principios del siglo XVII, inventó semejante bodrio, dirigido a tocar las castigadas neuronas de los alumnos de bachiller. Definió el logaritmo de un número como el exponente a que hay que elevar una base dada para obtener el número primitivo:
loga b=x || a**x=b
(logaritmo en base a de un número b es otro número x, tal que a elevado a x es igual a b)

El invento no tendría mijita gracia si no fuera porque, aplicando el método, las multiplicaciones se convierten en sumas y las potencias en multiplicaciones (o eso creo recordar). Sin embargo, para que la mecánica de las aplicaciones realmente se simplifique hay que recurrir a las tablas de Vázquez Queipo, Bruño o cualquier individuo o editorial que se haya tomado la molestia de hacer los cálculos pertinentes y publicarlos.
Decía mi profesor D. Antonio Rico que en Francia se aprovechó un momento en que las melenas estaban de moda y los barberos sin trabajo, para, lápiz y papel en mano, emplear a todos los expertos en pelos y dedicarlos a efectuar los cálculos necesarios para preparar las primeras tablas logarítmicas francesas.
Quiero dejar constancia con esto que multiplicar y dividir es una faena sencilla para la que sólo se necesita haber estudiado las tablas de multiplicar y tener el entrenamiento y el tiempo suficiente.

Dicho esto, vuelvo a admitir que estoy nuevamente preocupado porque a mi tendencia a padecer el síndrome del alemán (Alzheimer), se une la sospecha de que en breve puedo padecer el síndrome del inglés (Parkinson) si antes no encuentro solución al tembleque que me aqueja cada vez que muevo un albarán de nuestras nunca bien ponderadas distribuidoras.
Sigo sin recibir respuesta por parte de Marina sobre aquellos vales EL PAÍS-CINCO DIAS que, para mí, estaban mal abonados. Ahora me encuentro con otro dilema: el albarán de prensa del 02/04 no me cuadra por unos cuantos céntimos; concretamente por 0,33€.

Extracto del albarán REP0003688:

Línea de EL PAÍS: 18 ejemplares, de los cuales 17 son de venta normal y 1 es una suscripción que el cliente recoge en el quiosco. Coste del paquete: 17,1649 más IVA (dice el albarán).
Hago mis cálculos:

La línea 1 es una copia del albarán del distribuidor.
Línea 2: Coste de los 17 ejemplares de venta normal
17 * 1,40 * 0,75 / 1,04 = 17,1635
 Línea 3: Coste del ejemplar de suscripción
1 * 1,40 * 0,75 / 1,04 = 1,0096
Línea 4: Lo que el distribuidor ha de pagar por la venta del diario, o sea, 1,40 menos el IVA que se cargará más tarde (en totales)
1 * 1,40  / 1,04 = 1,3462
Total a pagar: Coste ejemplares de venta normal + coste ejemplar de suscripción – venta ejemplar de suscripción.
17,1635 + 1,0096 – 1,3462 = 16,8269
Entre lo que me paga el distribuidor y lo que yo creo que me ha de pagar hay una diferencia de casi 0,33€ (10 duros).

Lógicamente lo estoy haciendo mal, salvo que el programa informático (el mío o el suyo) falle cuando se trata de El País del jueves. Para comprobarlo me voy al albarán de la semana anterior.

Línea de EL PAÍS: 22 ejemplares, de los cuales 21 son de venta normal y 1 es una suscripción que el cliente recoge en el quiosco. Coste del paquete: 22,3478 más IVA.
Hago mis cálculos:
 
La línea 1 es una copia del albarán del distribuidor.
Línea 2: Coste de los 21 ejemplares de venta normal
21 * 1,40 * 0,70 / 1,04 = 22,3478
 Línea 3: Coste del ejemplar de suscripción
1 * 1,40 * 0,70 / 1,04 = 1,0769
Línea 4: Lo que el distribuidor ha de pagar por la venta del diario, o sea, 1,40 menos el IVA que se cargará más tarde (en totales)
1 * 1,40  / 1,04 = 1,3462
Total a pagar: Coste ejemplares de venta normal + coste ejemplar de suscripción – venta ejemplar de suscripción.
22,6154 + 1,0769 – 1,3462 = 22,3462
La diferencia es de 16 diezmilésimas de euro, es decir, 0,27 pts o un real, aproximadamente.

Parece ser que, para este albarán, los cálculos del distribuidor y los míos son prácticamente iguales. No encuentro motivo que justifique por qué en el primer caso hay tanta diferencia. Se me ocurren dos explicaciones:
1.- No se ha tenido en cuenta el ejemplar de suscripción y el cálculo se limita a la línea 2 del cuadro, es decir, 17 ejemplares para venta: 17,1635, muy similar a los 17,1649 que me cobran.
2.- Se han aficionado al descuento en el pago de suscripciones y a la línea 4 le han aplicado el 25% de descuento
 
No me creo ninguna de las dos explicaciones, dado que la codificación del albarán es correcta y, si hay algo que es seguro en informática, es que si unas líneas de código de programa funcionas una vez, funcionan siempre.
Por tanto, yo estoy equivocado y no sé dónde.

sábado, abril 11, 2015

Emérito


Cuando un individuo nace en una aldea perdida, unos 200 km más allá de donde Perico perdió el gorro, está condenado de por vida a ser un paleto. O estábamos condenados a serlo los que nacimos antes de que las 625 líneas del televisor se derramaran por nuestros respectivos países. Hasta entonces los paletos se reconocían a tiro legua: por su vestimenta arrugada después de varios meses en el fondo del baúl; por sus andares, propios de quien está acostumbrado a caminar por trochas y saltar balates; por su tez curtida bajo el sol y engurruñida por el frío…
Y, sobre todo, cuando abrían la boca.
La quintaesencia del palurdo: volumen adecuado para que su voz llegue con claridad a quienes barcinan en la hondonada, acento acorde con la idiosincrasia de cada comarca, y vocabulario selecto, escogido y académico.

Tomé conciencia a muy temprana edad de mis limitaciones de comunicación. Si no recuerdo mal fue un día en que mi hermana mayor volvía de la catequesis; la habían enseñado a hacer frases pronunciando las sílabas al revés: CHAPITÚ DE BARATILLO fue la frase que aprendió y, cuando, por fin, fui capaz de darle la vuelta, nos reímos un montón. Tanta fue la gracia que nos hizo, que durante varios días no hacíamos otra cosa que ponernos a prueba el uno al otro. Yo era más pequeño y, por tanto, tenía dificultad para darle la vuelta a una frase entera, así que me limitaba a proponer palabras. Hasta que un día entró en juego mi padre: YO CHICU, nos dijo. No fui capaz de acertar el envite; mi hermana sí.
- CU… CHI… LLO. Cuchillo, pero está mal. Se dice guchillo.
Porque guchillo es como se decía faca en fino. Entonces mi padre nos dio una lección de gramática: los catetos no sabemos hablar bien; decimos guñuelo, moniato, papas y caramal, cuando en realidad deberíamos decir buñuelo, boniato, patata o calamar; intercambiamos letras o sílabas y decimos estógamo, pediórico o daleao en lugar de estómago, periódico o ladeado; o utilizamos anacronismos como arruñar o nadie; por si fuera poco empleamos palabras malsonantes como culo, cagar o mear y hay palabras más finas y respetuosas para decir lo mismo. Nos dejó jodidos (palabra que tampoco debía pronunciarse delante de las personas finas) y no se le ocurrió otra cosa que comprarnos un diccionario y enseñarnos a manejarlo.

Creo que la lección valió para que, tanto mi hermana como yo, tomásemos conciencia del significado de las palabras y su correcta pronunciación. Bien es verdad que, cuando uno está enfrascado en una lectura interesante, ya se trate de un tebeo del Guerrero del Antifaz o una novela de Miguel de Unamuno (por poner un ejemplo), si encuentra una palabra desconocida, no interrumpe la lectura para buscarla en el diccionario, y hay veces que, tras tropezar con ella varias veces, le asigna un significado que a menudo no concuerda exactamente con lo que realmente quiere decir. A mí me paso eso con la palabra emérito. Tuve conocimiento de su existencia cuando leí algo sobre el arzobispo emérito de Granada (o el obispo emérito de Guadix, vaya usted a saber). Recordé lo de Emerita Augusta y le asigné el significado de importante o meritorio y así la he venido interpretando durante años.
Hasta que dimitió el Papa Ratzinger y se convirtió en el Papa Emérito; y cuando el Rey Juan Carlos se convirtió en el Rey Emérito. Fue entonces cuando busque la palabra en el diccionario:
Dicho de una persona: Que se ha retirado de un empleo o cargo y disfruta algún premio por sus buenos servicios.
¡Coño! ¡Como yo! Retirado del empleo de quiosquero, disfrutando de una paguilla por mis buenos servicios a las arcas de la seguridad social y otras arcas públicas o impúdicas.

Antonio Linares, quiosquero. En adelante Quiosquero emérito.

jueves, febrero 19, 2015

Recortes presupuestarios

Los entendidos en macroeconomía tienen distintas recetas con que atacar y atajar tiempos de crisis, y que, como los Diez Mandamientos, se reducen a dos, aunque sólo una de ellas sea válida por resultar ambas incompatibles: la primera consiste en aumentar el gasto público para paliar el descenso de la oferta de empleo y la segunda aconseja un recorte de los gastos para evitar una deuda excesiva.
Si intentamos aplicar el sistema macroeconómico al quiosco podemos colegir que no funciona ninguna de las dos soluciones: si se aumenta el gasto, la hostia es inminente dado que las ventas no dependen del quiosquero. Vamos, que no depende del quiosquero ni la venta ni el margen de venta ni siquiera el producto que se vende; es un tema éste que podría dar argumento suficiente para escribir un tratado. Si no funciona la primera receta, habría que probar con la segunda: recorte de gastos. Los gastos de un quiosco pueden ser tantos como se quieran, pero, de la misma manera que no existe un techo, sí existe un suelo suficientemente alzado para impedir el acceso a los quioscos que no tienen una situación idónea, y lo suficientemente rocoso para que los instrumentos de los que dispone el quiosquero reboten y se mellen contra la dureza del mosaico.
Quiero decir que el vendedor tampoco tiene control sobre la mayoría de sus gastos y que éstos, los más gordos, le vienen dados por la administración o por sus propios proveedores. Los gastos fijos del quiosco nos los impone el Ayuntamiento, la Seguridad Social, Hacienda y los proveedores de electricidad, teléfono y equipo informático. Y, por supuesto, las Distribuidoras mediante sus módicos precios por “servicios auxiliares”.
El Ayuntamiento (de Barcelona) se ha tirado todo un detalle y nos ha dejado la cuota en casi la mitad; ya es de agradecer. Los autónomos siguen influyendo notablemente en los costes de explotación; es cierto que el vendedor puede elegir la cuota pero, cuanto menos pague, menores serán las prestaciones que reciba a la larga; de todos modos hemos considerado la cuota mínima como base de nuestros cálculos. Respecto a Hacienda, sólo tenemos en cuenta lo que se retiene por ser autónomo, es decir, el recargo de equivalencia; a esto habrá que sumarle el IVA de las facturas que se emitan (T-10, Loto, publicidad…) y lo que corresponda por IRPF, lo cual será tanto más favorable en cuanto mayor sea su cuantía. Los gastos de electricidad y teléfono es difícil recortarlos, salvo que usemos velas para alumbrarnos y continuemos contando con un ábaco; igual que los gastos de material, que reducimos a cartuchos de tinta y papel para la impresora. Luego, hay un pequeño coste por "residuos tóxicos” y pertenencia a la Asociación de Vendedores (no obligatoria pero, quizás, necesaria). Por último, reseñar que el coste derivado de los portes que cargan nuestros más importantes proveedores representan, cómo no, el mayor porcentaje sobre los gastos fijos.

Más o menos, ésta sería la distribución de los gastos fijos de un quiosco.
Sólo falta comentar que estos pequeños gastos implican que sea necesario vender unos 52.500€ para cubrirlos, es decir, que en un quiosco los primeros 9 millones de pesetas vendidos no generan ni un puñetero duro para el quiosquero.

jueves, febrero 12, 2015

Material promocional

Hace ya unos años escribí en este blog una frase que me ha reportado más de una crítica (y algún que otro golpecito en la espalda, de esos que van acompañados de un "cómo eres, dalr"). Decía entonces que los quiosqueros erámos mamporreros de las editoriales en referencia a las hojas de suscripción que traían los coleccionables. Según el diccionario de la RAE, un mamporrero es alguien que "dirige el miembro del caballo en el acto de la generación". Es decir: un profesional que se gana la vida agarrándole el cipote a un semental para ayudarle a introducirlo adecuadamente en una yegua que no está muy por la labor. La analogía con los quiosqueros venía al caso habida cuenta que nos llenaban el garito con cientos de cartones enormes a precios irrisorios cuya única finalidad no era obtener un beneficio con la venta de dicho producto sino introducir en casa del cliente una hojita adjunta en la que se le informaba de las numerosas ventajas que le reportaría suscribirse a dicha colección saltándose al pesado e ineficaz del quiosquero. Intorucir este caballo de Troya (hoy va de analogías equinas, qué le vamos a hacer) era la auténtica finalidad de la promoción, y los quiosqueros nos deslomábamos acarreando cartones para que al final el editor pudiera contactar directamente con el cliente y eliminar al molesto intermediario: nosotros.

Yo tengo una mentalidad un tanto particular en lo que a gestión de negocios se refiere. No soy nada romántico con las cosas de dinero y tiendo a separar lo que debería ser de lo que me gustaría que fuera. Ejemplo: a mi me gustaría que en mi barrio siguiera habiendo una mercería, un colmado y un zapatero remendón, pero eso no significa que lo considere algo necesario, hasta el punto de pagar por ello. Con esta misma mentalidad, me pregunté si éramos necesarios los quiosqueros. Los editores producen sus revistas y colecciones y tienen recursos para vender directamente al cliente y hacérselo llegar a casa (en realidad, a su oficina de correos más cercana, pero eso es otra historia). Así pues, ¿somos necesarios? (Y digo necesarios, no imprescindibles que eso ni existe ni es deseable). La respuesta la encontré en la propia política de las editoriales. Somos necesarios, al menos, para dar a conocer el producto. Los editores necesitan que sus nuevas colecciones estén en la calle, a la vista de los potenciales clientes, para que compren ese primer número casi regalado y, una vez en la tranquilidad de su hogar, se dejen seducir por todos esos folletos que acompañan al fascículo inicial en el que se describen las bondades de la colección y se detallan los impresionantes regalos que recibirán si se suscriben.  El problema es que les hacemos ese trabajo gratis y pretendemos vivir de lo que no le importa a nadie.

Toda esta perorata se resume en el título de este post: los quioscos ofrecemos, básicamente, material promocional. Dos anécdotas de esta semana vienen a reforzar esta idea.

Ayer llegaron las principales revistas del corazón, entre ellas Hola. Para celebrar San Valentín a los editores se les ha ocurrido la genial idea de regalar unas chocolatinas. Hasta aquí todo bien. A mí todo lo que me ayude a vender más me parece una buena idea. No me gusta, sin embargo, que dicha promoción no incluya compensación económica alguna para el quiosquero. En ocasiones hemos tenido promociones de este tipo en la que se nos compensa con unos eurillos por el esfuerzo. En esta ocasión el editor nos dice que nos agradece un esfuerzo que sin duda aumentará nuestras ventas. El problema está en que mis lectores de Hola no parecen muy interesados en el chocolate. Lo cierto es que todos han agradecido el regalo, pero no ha habido nadie que se haya decidido a comprar por este motivo. Ni siquiera que se haya planteado cambiar de revista por el regalo. Está claro que mis lectores de Hola no son público objetivo de las chocolatinas. Esto tiene una parte positiva, que es que apenas me afecta a la venta de chocolatinas, un producto que yo vendo también. Hubiera podido darse el caso de que yo vendiera los mismos Hola que otras semanas pero además perdiera ventas de chocolatinas  (producto que, por cierto, me deja mucho mejor margen que las revistas). En este caso la promoción me hubiera hecho perder dinero. Pero si yo no gano nada con la promoción, a mi cliente tampoco le interesa mucho y además el editor no vende más... ¿quién gana con todo esto? Pues el fabricante de chocolatinas. Alguno de los clientes la probará, o se la regalará a alguien que conocerá el nuevo producto y luego lo comprará (en el súper, por supuesto). En este caso los señores de Hola y los quiosqueros hemos trabajado gratis para Milka (los quiosqueros, seguro, igual los señores de Hola sí han cobrado por esto...).

La segunda anécdota es más sangrante. Últimamente una de las principales fuentes de ingresos de nuestro quiosco son los cromos. Los críos se agolpan ante nuestro mostrador pidiendo su dosis de Adrenalyn, Desafio Champions o cartas de Frozen. De vez en cuando alguno te pide el álbum, pero la mayoría lo tienen ya porque alguien se lo ha regalado en el colegio junto con unos cuantos sobres. De nuevo, las maravillas del material promocional. A mí me viene bien porque me generan clientes. El problema está cuando a principios de semana me llega con el reparto un paquetito con dos álbumes de Star Wars Rebels y un albarán de reposición. Yo no he pedido reposición de este género porque, de hecho, aún tengo un ejemplar que ya no creo que venda. En cualquier caso, cuando me dispongo a introducir el albarán en el ordenador me encuentro con un problema. El álbum en cuestión no tiene código de barras sino una nota impresa en la que se aclara que se trata de un álbum promocional. Cuando miro el albarán detenidamente veo que dicho álbum me lo cobran al mismo precio que el que tenía, este sí, con su código de barras destinado a la venta pública. Resulta que la distribuidora me ha hecho llegar un material promocional para que lo venda, y me lo ha cobrado. Si no me hubiera dado cuento y lo hubiera vendido se me habría caído la cara de vergüenza cuando el cliente me hubiera recriminado, con razón, que le cobraba por algo que debería regalar. Además, me estoy temiendo que cuando lo devuelva me lo retornarán acusándome de intentar colarles como producto algo que estaba destinado a una promoción. Si ocurre, informaré puntualmente. Esta anécdota me recuerda que buena parte de los productos que vendemos en realidad no son tales productos. Su objetivo es generar otra clase de ventas, pero a mi me lo traen y me lo cobran como si yo realmente pudiera ganarme la vida con ello. Pero en realidad a nadie le importa si lo vendo o no. En el mejor de los casos perderé alguno y el editor se anotará una venta inesperada a mi costa. Y en el peor, daremos visibilidad a un producto de forma totalmente gratuita. Porque eso somos los quioscos para la mayoría de los que nos mandan sus productos: un expositor gratuito en mitad de la calle.

Si tenemos en cuenta la mayor importancia que cobra cada día el consumo de medios digitales y el modo en que las crisis económicas afectan al sector editorial, está claro que, al menos a corto plazo, la importancia de los quioscos está más en su capacidad de generar clientes que en su potencia como fuerza de ventas. Tal vez es hora de empezar a plantearnos si debemos seguir regalando este potencial o ha llegado el momento de asumir que somos mamporreros y empezar a cobrar por ello.