
La cadena
Hay muchas cosas en Can Superwaiter que me gustan. Sobre todas ellas destaca el lavabo. Es un cubículo rectángulo-pentagonal de 1,20 m. de largo por 70 cm. de ancho.

Lo que mola es la cadena. Cisterna a 2 m. del suelo, tubo de plomo con más bollos que un coche que haya corrido las 500 millas de Indianápolis y cuerdecilla, guita o tomisa para abrir la compuerta. Se da un tironcito y el agua se precipita cogiendo tal velocidad que apenas deja rastros del chocolate pegado en la taza.
Los retretes modernos son una gilipollez. En el mejor de los casos se ha de tirar de una palanquita o apretar un botoncito que hay encima de la mochila. Pero empieza a imperar el interruptor. Empotrado en la pared como los de corriente eléctrica. Al pulsarlo da la sensación de que lo que se quiere hacer es apagar el culo. Y la mochila… Impide que uno se ponga cómodo, retrepado, mientras hace la faena.
Lo más hilarante que he visto fue un retrete en Praga. Entramos a tomar un refrigerio y ya que hacíamos el gasto, aprovechamos para cambiar el agua al canario. Cómo nos vería la vigilante de los lavabos que nos mandó a Quiosquera y a mí al retrete de minusválidos. Parecía un salón de baile de los que enseñan a los turistas en Viena para darle una lección de vals. El problema vino cuando acabamos de cambiar el agua. No había cadena. No había ni tirador ni mochila.

- Parecemos tontos –dije a Quiosquera-. Está clarísimo: “Es pa chobal-lo. Chóbalo, chóbalo”
Y Quiosquera lo chobó. Al instante un torrente de agua inundó la taza y la dejó más limpia que una patena. ¡Estos checos!
Pero me he desviado de la cuestión. Quería hablar de la cadena. Cuando yo era

La primera vez que vi una cisterna fue en casa de Manuel el Cerreño. Manuel, harto de doblar la raspa labrando la tierra, se mudó a la capital (de la provincia) y puso una pensión. Los de mi pueblo y alrededores solían pernoctar allí cuando viajaban. El retrete era eso, un retrete. Al lado había un grifo y un cubo que utilizábamos para dejar la taza medio decente. En uno de los viajes, tendría yo sobre los cuatro años, Manuel quiso enseñar a mi madre los últimos inventos de la capital. Nos llamó a mi madre y a mí y nos mostró el retrete. Todo estaba igual, salvo que no había cubo.

- Bonico –me dijo Manuel-, echa una meadilla.
Me saqué la gurrina por el pernil del pantalón y meé. Entonces, el Cerreño mostró el invento. Agarró una cadena que colgaba de un artilugio enganchado a la pared y tiró de ella. Oímos un ruido como el que se produce al sacar el tapón de una alberca y pudimos observar como el agua eliminaba todo vestigio de mi meada. Pero eso no fue todo. Manuel volvió a agarrar la cadena y, en tono un tanto pedante, nos dijo:
- Y si ahora volvemos a tirar de la cadena no pasa nada.
En efecto, tiró de la cadena, oímos el ruido del mecanismo y no cayó ni una gota de agua.
Eso fue todo. A mí el invento no me pareció mal pero, por más vueltas que le daba, no atiné a deducir cómo aquel aparato sabía cuando yo meaba y cuando no.
2 Comments:
no sé se me vas a entender, pero cuando era chica, en los pueblos más afastados de la ciudad, habian retretes en el suelo, con dos marcas nel piso de cemento asignalando el local donde se ponian los pies. Y un buraco (orificio) en nel suelo, adelante destas marcas de pies. Mear, por aquel tiempo, era todo un ejercicio de equilibrio..:)
Creo que soy bastante más viejo que tú o de un pueblo menos adelantado. Lo del bujero en el suelo, en mi pueblo vino mucho después. Tenía su gracia ver si atinabas o no.
Y se te endiende perfectamente.
Saludos.
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