martes, marzo 16, 2010

¿Para qué sirve la ley?

No me gusta dármelas de demócrata; es más, a veces pienso que la democracia es antinatural. Véase si no el funcionamiento de los partidos democráticos, probablemente lo menos democrático en los estados que han elegido la democracia como forma de gobierno. Es el líder el que dicta las ponencias del congreso del partido, el que elige los candidatos a unas elecciones, el que determina los giros ideológicos que se han de tomar y, ahí es nada, hasta deciden quién habrá de sucederlos. Los que no estén de acuerdo son libres de expresar su opinión contraria pero, lo tienen claro, o ganan el congreso o se van a la p… calle.
Los gobiernos están más preocupados en cómo se mueve la intención de voto que en tomar medidas eficaces, aunque esta ambición a veces nos beneficia; o beneficia a grupos marginales. A todos nos agrada oír el pitido que emiten los semáforos, cuando se ponen en verde, para avisar a los ciegos de que tienen vía libre. O comprobar que en una oficina pública han instalado un ascensor o una rampa para facilitar el acceso a quienes van en silla de ruedas. Hasta olvidamos que la democracia se basa en la defensa de los derechos individuales y exigimos la prohibición de determinadas conductas que consideramos inadecuadas. Parece igual, pero no es lo mismo, prohibir matar a las personas que defender el derecho a la vida. Aunque el resultado final sea similar, los principios en que se basan son distintos.
Cuando se redacta una ley hay, al menos, tres apartados básicos: la definición del derecho, los requisitos que se han de cumplir para poder disfrutarlo y el castigo que se pondrá a quienes impidan el ejercicio de este derecho. Y ahí está el truco.

Soy un verdadero despiste. Para que el lector se haga una idea de hasta dónde puede llegar mi falta de atención, cuento casi siempre el mismo suceso. Mi hermana mayor tenía una buena amiga a la que me había presentado en varias ocasiones. Supongo que, al tener más años que yo, la había descartado como posible ligue y no había manera de quedarme con su cara. Un día estaba yo tomando el sol a la puerta del Colegio Mayor de San Bartolomé y Santiago de Granada, cuando pasó una chica, la mar de mona, que miró hacia mí y saludó mostrando una amplia sonrisa. Miré hacia atrás a ver quien era el afortunado; no había nadie. Días después mi hermana me comunicaba que su amiga le había dicho que yo era un estúpido: me había saludado y le había vuelto la cara. Lo bueno que tengo siendo un despistado es que lo sé y, más o menos, voy preparado para afrontar o mitigar sus consecuencias.

Unamos los planteamientos previos.
Al quiosco puedo venir con el Ferrari (Quad), el Almamóvil o el C3 de Dalr. Normalmente traigo el Ferrari. Por dos cuestiones: lo que fardo con los niños y la posibilidad de aparcarlo en cualquier esquinilla sin estorbar a las furgonetas que usan la zona de carga y descarga. Si el día está feo o he de despejar de material el quiosco, suelo traer el C3, que estorba más que el Ferrari pero menos que el Almamóvil, y aparco lo más cerca posible de la esquina, incluso jugándome una multa por colocarlo pisando ya la línea amarilla. Sólo cuando se da la circunstancia anterior y Dalr necesita su coche, vengo con el mastodonte.
Lo de la tarjeta de permisividad de aparcamiento es uno de los castigos a que me somete mi habitual despiste. Siempre la dejo en el vehículo equivocado o, si la llevo encima, se queda en el bolso o bolsillo de la chaqueta. He hecho una copia por vehículo, indicando que es una copia para utilizar con una matrícula concreta; y me estaba funcionando bien. Las copias van en el salpicadero de cada coche; si me acuerdo, pongo el original y guardo la copia; si no me acuerdo, la copia queda para información del guardia urbano.

Para el viaje a Móstoles cogí el bolso de etiqueta y, a la vuelta, olvidé trasladar su contenido al bolso de diario. Como consecuencia, el miércoles aparqué el Almamóvil en la esquinilla de la zona de carga y descarga; con el duplicado de la tarjeta, por supuesto. Fue la muda quien me avisó.
- Pa pa paaá pa… –me dijo mientras se tocaba la manga con dos dedos-.
- La autoridad… -fui traduciendo-.
- Paaá paaá pa… -trazaba letras en el aire-.
- …está escribiendo…
- Paaá paaá paaá, bruuum –simuló manejar un volante-.
- … al lado de tu coche.
Salí del quiosco en el momento en que la autoridad competente sujetaba la receta al limpia. Me vio venir; cogió la receta y la rompió.
- De todos modos está multado –me dijo, señalando la máquina portátil de multar-.
- ¿Y por qué no me deja el papelillo?
- Esto sólo vale para avisar cuando el conductor está ausente.
- Ya…
- Lo he sancionado por dos motivos: la tarjeta no se ve completamente y, además, es una copia.
Era verdad. Los cabroncetes de los coreanos han diseñado el salpicadero con una pendiente excesiva hacia el parabrisas que, también hay que echarle güevos, está inscrito en una línea negra. La tarjeta se veía casi completa pero quedaba oculta la parte importante de la misma: TITULAR CONDUCTOR y Modelo de la comunidad europea.
Abrí la puerta del coche e intenté poner la tarjeta un poco más arriba; faena inútil: volvía a resbalar hasta alcanzar la posición original. La parte del copiloto es más plana y, en aplicación estricta de la ley, no es ahí donde se espera que pongamos el distintivo, pero al guardia no pareció importarle.
- De todos modos no voy a quitarle la sanción.
- ¡Hombre, ahora ya me ha visto!
- Sí, pero la tarjeta sigue siendo una fotocopia –me pareció apreciar un cierto retintín que sonaba a “¡y a mí me la vas a pegar!”.
Me remangué el pantalón y puse la pata sobre el capó.
- ¿Esto también es fotocopia? –no pude evitar que se filtrara la mala leche contenida-.
Di media vuelta y me dirigí al quiosco donde ya empezaba a acumularse gente.
- ¡¡¡Oiga!!!
El grito no admitía interpretaciones. Me volví.
- Dígame, señor agente.
- Estas tarjetas las están vendiendo en los Encantes y nos han dado la orden de ser muy estrictos en el cumplimento de la ley; y la ley dice cómo deben colocarse y que han de ser los originales.
- He oído decir muchas veces a quienes se declaran padres de la patria, que hay que distinguir entre el espíritu de la ley y la letra de la ley. El espíritu de esta ley dice que la gente con problemas de movilidad puede aparcar en lugares donde los demás también pueden aparcar pero con limitaciones de tiempo o dinero. Y como no hay un agente cada 10 metros que compruebe que no hay trampa ni cartón, se emiten unas tarjetas que identifiquen al que aparca en zonas con limitaciones. Usted me ha visto y comprobado que no hay trampa. Un buen juez es el que aplica la ley según su espíritu. Una mala persona, mírelo en el diccionario, es el que se acoge a la parte punitiva de la letra. Usted simplemente está aplicando la ley según la entiende.

No tengo claro si entendió o no lo que le dije. De lo que estoy seguro es que ni siquiera imaginó que lo estaba llamando hijoputa.

4 Comments:

At 17/3/10 20:42, Blogger kioskero said...

Me imagino que lo harias con talante y sin acritud.
un saludo.

 
At 17/3/10 22:05, Blogger Norma said...

El hombre es un hijo de la gran loba para el hombre!!

 
At 18/3/10 10:24, Blogger BANDOLERA said...

Querido quiosquero, hay dos o tres cosas que me llaman la atención: la primera, parece ser que por fin he encontrado a mi alter ego en lo que al despiste se refiere. Un alivio... La segunda, si necesito comprarme un coche ya sé con quién asesorarme. La tercera, la situación que narras es tan surrealista, digna del mejor de los sainetes, que me desubica respecto al perfil del guardia, y de verdad que no consigo valorar si es un facha amargado, o un auténtico idiota. Saludos.

 
At 20/3/10 21:49, Blogger Intrépido said...

Si a mí me dieran un buen porcentaje del importe de cada sanción que colocara si fuera o fuese guardia urbano, tampoco me importaría que me llamaran hijoputa de vez en cuando. Ande yo caliente...

 

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