lunes, marzo 27, 2006

Apuros

Creo haber comentado alguna vez que, entre los múltiples inconvenientes que tiene un quiosco, el más grave es la cantidad de horas que se han de pasar dentro sin posibilidad de abandono y, aunque uno suele llegar “comío y cagao” y el cuerpo se va acostumbrando a pasar con dos o tres meaditas al día, es imposible evitar pasar por algún apurillo de vez en cuando. Al principio, confiando en la bondad de la gente, cerraba la puertecita, ponía el cartel de “vuelvo enseguida” y me escapaba a Can Superwaiter a aliviar la vejiga. Dos minutos treinta y cinco segundos; cronometrado. Al volver me encontraba algún parroquiano esperando o un par de euros sueltos en el mostrador. Hasta que sucedió lo que tenía que suceder. Un día, al volver, había desaparecido el clasificador de monedas. Con las monedas dentro, claro. Como Pancho, que se fue a echar la primitiva y todavía lo están esperando.

A partir de ahí, a aguantar y esperar a que alguien me hiciera un relevo. Lo malo es cuando las tripas se declaran en guerrilla. Recuerdo un día, a principios de verano, que con el calorcillo se me empezó a soltar el vientre. Los gases luchaban por abrirse paso al exterior, el goteo de clientes no cesaba y cada vez que me movía para dar un cambio me entraba un sudor frío temiendo que en cualquier momento se produjera la explosión. Se despejó el panorama. Vista a la izquierda. Libre. Vista a la derecha. Libre. Le abrí la puerta y salió. De los queman, leche. Arrugué la nariz intentando preparar la pituitaria contra el impacto. Nada. El muy taimado se había dejado caer en paracaídas, rebotó contra el suelo y fue subiendo pegado al cuerpo. Cuando quise darme cuenta ya me lo había tragado: “aquí huele a muerto y yo sí he sido”. Para colmo por la derecha apareció la peluquera en busca de cambio. Casi tocaba el estribo cuando pasó una señora paseando el perro. Y qué perro. De aquellos que les cuelga el hocico y babean. El bicho se adelantó todo lo que le permitía la correa y entró en el quiosco. No sé si por costumbre o por mor del tufillo salió como alma que lleva el diablo. En su huída casi se lleva por delante a la peluquera.
- Vaya con el perro. Y el pestazo que echa. ¿Usted no lo oye?
- Y tanto –le contesté-. Huele a perros muertos. Lo mínimo que podía hacer su dueña es lavarlo de vez en cuando.

Salvado por la campana.

Seguramente esta noche mi cónyuge A/B me echará una bronca por escatológico pero “así sucedieron los hechos y así los hemos contado”.

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