lunes, octubre 16, 2006

¡Abran los confesionarios!

La última vez que me acerqué a un confesionario fue el día de mi boda. Por entonces yo estaba ducho en liturgia y me sabía los pasos del sacramento aunque andaba un poco ennortado con las modificaciones establecidas por el Concilio Vaticano II.

Repasé los Mandamientos de la Ley de Dios.
• El primero, amar a Dios sobre todas las cosas. A mí no me habían enseñado a amar a Dios. Me habían enseñado a temerlo y, por tanto, no lo amaba mucho. Pecado.
• El segundo, no blasfemar. Blasfemaba poco pero blasfemaba. Pecado.
• El tercero, santificar las fiestas. Yo he santificado los días de trabajo. Puesto que soy intrínsicamente vago/candongo, el trabajo para mí es un martirio. Y del martirio a la santidad hay un solo paso. Los días de fiesta, en el mejor de los casos, iba a misa. Pero el resto del día lo dedicaba a tomarte unos chatillos, ver una película 3R y, a última hora de la tarde, vano intento, ligar. Pecado.
• El cuarto, honrar padre y madre. Quizás sea este el mandamiento que me causa más respeto. Pero no siempre los honré como merecían. Pecado.
• El quinto, no matar. No puedo decir que nunca he matado una mosca pero seres “racionales” no. Y por entonces, ni siquiera había tenido tentaciones. Negativo.
• El sexto, no fornicar. La verdad es que ni antes ni ahora he sido un fornicador pero las modificaciones del Vaticano II hablaba de actos impuros. Pecado.
• El séptimo, no robar. Este mandamiento es el más jodido porque además de arrepentirte, para que te perdone Dios, se ha de devolver lo robado. Y si se ha de devolver ¿para qué robar? Negativo.
• El octavo, no dar falso testimonio ni mentir. En mi pueblo dicen que quien tiene los incisivos (paletas) separados es un embustero y yo tenía una paleta en el Cabo de Gata y la otra en el de Creus. Pecado.
• El noveno, no desear la mujer de tu prójimo. Jamás deseé a la mujer de mi prójimo pero a sus hijas sí. Pecado.
• El décimo, no codiciar bienes ajenos. Bien está no robar pero, hombre, me hubiera gustado tener la pasta de Rokefeller, por ejemplo. Pecado.

Recé el Señor mío, Jesucristo… y el Yo pecador… y enfilé la rejilla del confesionario.
- Ave María Purísima.

- Sin pecado concebida. De que te acusas, hijo.
- Padre, para no andar con rodeos, menos matar y robar he transgredido todos los mandamientos.
- ¿Tienes alguna duda teológica?
- No. Cuando pienso siempre voy a parar a un misterio y, como los misterios no los entiendo, no pienso.
- Reza un Padrenuestro y tres Avemarías.

Recé la penitencia y salí a la calle en Gracia de Dios y más contento que unas pascuas.

Pues bien, durante siglos esta era la terapia habitual de la mente. Cuando una persona andaba fastidiada, iba al confesionario, le soltaba sus miserias al cura y, si tenía la suerte de que estuviese sonando el órgano, con la musiquilla relajante, el eco de la iglesia y el alma inmaculada se sentía feliz y sin problemas. Claro que había locos pero la gente no tenía complejos. A lo sumo había humanos más cortos que las mangas de un chaleco, imbéciles que se preocupaban por cualquier tontería e histéricos.

Hasta que llegaron Freud y sus seguidores. Los problemas eran enfermedades de la mente y no del alma. Los confesionarios cayeron en desuso y se puso de moda el diván del psicoanalista. En definitiva, era lo mismo: lo que antes se le contaba al cura ahora se le contaba al médico pero pagando. Y esto se lo podían permitir en Hollywood y unos cuantos sitios más. Para los desgraciadillos normales visitar al psicólogo era un lujo, sobre todo si no era de la Seguridad Social, que no se podían permitir. Pero los confesionarios ya no estaban de moda. De hecho, hace mucho tiempo que no he visto ninguno en funcionamiento.

La gente necesitamos contar nuestros problemas a alguien que no los utilice para chafardeo, alguien que los entienda o que, simplemente, los escuche. Los médicos cuestan caros y los curas no están de moda. Recurrimos entonces al taxista, al camarero, al peluquero… al quiosquero.
Y no es que a mí me moleste, que de eso vive este blog. Pero, coño, que me cuenten cosas con gracia. ¿Qué leche le importa a mis lectores si a meganito de han dado tres infartos en un mes o si fulanita está haciendo la dieta de la alcachofa o si la madre de zutanita se ha chalado y no la deja vivir?

El viernes le tocó a Salva. Un chico musculoso le pidió Muscle Fitness para echarle un vistazo. Se lo estudió y, cuando ya se lo había aprendido de memoria, cogió a Salva por banda y le dio una clase magistral de cómo mantener el tono muscular y los aparatos adecuados para ello. Acabó:
- Porque hay mucho imbécil que se pasa el verano sin hacer nada y luego quiere recuperar en 15 días. Eso es malísimo porque los músculos han de conseguir el tono poco a poco.
Compró la revista. Pero si cada venta que hago me cuesta 5 minutos de cháchara el negocio se va a pique.

El sábado nos tocó a dalr y a mí. Un tío que conozco de verlo pasar, aquí no ha comprado jamás un periódico, se nos enrolló con el video que regalarían al día siguiente los diarios. El citado video forma parte de la campaña electoral de CiU y es una crítica al tripartito.
- Yo no soy socialista, que conste, pero Montilla fue un estupendo alcalde en Cornellá. Ahora que, todo fue darle un cargo más importante, se le subió a la cabeza y ya no lo trago. Lo que ha hecho CiU, y que conste que no soy convergente, está muy bien.
Hace intención de irse pero se vuelve.
- Yo vivía en San Andrés pero tengo amigos en Cornellá y me decían que ra un alcalde como la copa de un pino. Pero ahora lo único que hace es lamerle los zapatos a Zapatero. ¿Y el video sale en todos los periódicos?
- En casi todos. No lo reparten ABC, La Razón y El Mundo.
- Claro, los de derechas.
- Hombre, La Vanguardia no es muy de izquierdas.
- Pero están vendidos.

Tres cuartos de hora. Lo malo del caso es que con tanto rollo nos fastidió el desayuno. Superwaiter abre un rato los sábados para prepararnos a darl y a mí unas papas fritas con huevos y bacon y luego se va, pero con el rollo se nos había pasado la hora sin banquete. Y en este quiosco, un sábado sin papas fritas es como un jardín sin flores.

¡Por favor, abran los confesionarios!

Aventuras y desventuras... San Petersburgo I. Ver.

7 Comments:

At 18/10/06 12:16, Blogger dalr said...

Qué poco se aprecia la función social del quiosquero...

 
At 18/10/06 16:08, Blogger Quiosquero said...

Pa carnaval me enfundo la sotana

 
At 18/10/06 19:16, Blogger alvarhillo said...

Ciertamente tienes razón, quiosquero. Todo se basa en soltar esa carga que llevamos dentro, en liberarnos por medio de la confesión (ya sea al cura, al camarero o al quiosquero) de eso que nos oprime y , al compartirlo nos parece como que nos vamos mas ligeros.Yo al quiosquero que le compro el periodico todas las mañanas, si esa mañana me duele la espalda le digo "uff, tengo los riñones al graten" y el me contesta "si, es que hoy hace una humedad que se te agarra a la espalda" y entonces parece que la espalda me duele un poco menos y me voy más animado.No os lo creereis, pero los quiosqueros haceis un gran bien a la humanidad.
Un saludo

 
At 19/10/06 22:50, Blogger propagandhi said...

Lo malo del paso de las sotanas negras a las batas blancas es el precio.

No lo digo por apoquinar al psi de turno, sino porque con tres avemarías estabas enmendado y con una terapia racional-emotiva tienes que volver tu vida del revés.

¡¡¡ Que venga supernanny !!!

 
At 20/10/06 12:14, Blogger dalr said...

Tienes razón propagandhi. Por eso casi todos acaban marcando la casilla del 0,4 en la renta y viniendo al quiosco a echar un rato con su quiosquero de cabecera. En el peor de los casos te coloca una peli porno con anillo mágico y todo resuelto por 9,95 €.

 
At 22/10/06 17:59, Anonymous Anónimo said...

Los domingos me visita Fernando, un cliente que vive solo y que se lleva una buena colección de periódicos. No sé si es la soledad, pero he tenido que hablar seriamente con él, aún arriesgándome a perderlo como cliente, porque entraba en el quiosco a las ocho de la mañana y se iba a la una.

Cinco horas, cinco, en las que no para de hablar ni cuando otros clientes me hacen preguntas o me piden algún producto. Habla conmigo, habla con los que entran, se mete en cualquier conversación que se produzca en el quiosco, como si fuera con él...

El domingo pasado se lo dije: Fernando, yo tengo otras cosas que hacer y aunque tu conversación es muy grata, no puedo perder cinco horas que necesito para colocar mercancía, hacer devoluciones o comprobar facturas.

Hoy ha estado solo una hora. Creo que lo ha comprendido. Solo me queda esperar a ver si vuelve.

 
At 23/10/06 01:22, Blogger dalr said...

Buf, amigo anónimo. Eso que cuentas de Fernando sí es duro... Tienes razón en que si te pones a pensarlo seguramente tras lo que parece simplemente un "plomo" suele haber una triste historia. Pero si tú fueras a su oficina a explicarle durante cinco horas lo que significa no hacer esas devoluciones, o cómo nos la cuelan las distribuidoras... Llega un momento en que, como con los niños pequeños, hay que poner límites a algunos clientes, por mucho que nos duela. Y si decide no volver, pues mala suerte.

Dile a Fernando que una buena manera de exorcizar las penas es abrir un weblog. A nosotros nos funciona.

 

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