jueves, octubre 05, 2006

Aventuras y desventuras…: El Transiberiano.

Nunca estuve en Siberia ni subí al Transiberiano pero camino de San Petersburgo, asomado a la ventanilla del tren, daba la sensación de estar reviviendo Doctor Zhivago, por más que la película se hubiese rodado en un paraje un poco más cercano a nosotros.

Habíamos salido de Bolshoi y nos dirigimos al Hotel Cosmos en busca de nuestros equipajes. Al efecto nos habían cedido una habitación durante el día. Llegamos a la cancela y la matrona de marras nos requisó la “tarjeta pasaporte” que no nos devolvió al salir. Como pudo, nos explicó que ya no era necesaria. Pero sí lo era. En recepción la reclamaban para cambiarla por el pasaporte verdadero. Galina resolvió el problema: pidió los pasaportes del grupo y se los dieron sin más. Nos explicó la jugada.
- La vigilante se queda con las tarjetas y luego se las vende a las prostitutas, que así tienen entrada libre a todos los hoteles de Moscú. A media noche inician su trabajo. Suben a las habitaciones y, por una módica comisión, la matrona les indica cuáles están ocupadas por hombres solos.
Entonces entendí el significado del cartelito que había visto el primer día: 00.00 Putiskaya.

Camino de la estación, Galina nos dio instrucciones para el viaje.
- En el tren hay ladrones y se debe llevar mucho cuidado. Cuando cierren el compartimiento aten una punta de la toalla en el toallero y la otra en la balda de la cerradura y, sobre todo, pongan las maletas junto a la puerta. Los ladrones meten la hoja de un cuchillo por la ranura que queda y abren con mucha facilidad.
Roberto Con O, Arquitecto y Abogado empezaron a descojonarse de risa.
- ¿Tú que piensas hacer? –me preguntó Quiosquera-.
- Estamos en un país extraño, no llevamos mucha pasta pero si nos birlan el pasaporte lo vamos a pasar mal. Yo ato la toalla.

Los maleteros trasladaron el equipaje hasta el tren y se repitió la escena de la llegada.
- Hay que pagar un dólar por paquete porque no han venido los maleteros de Inturist.
Protestamos pero el ruso dijo que de allí no se cogía un paquete si no iba el dólar por delante. Así que nos retratamos.
Ya en el andén, Quiosquera, que en esto es maestra, cogió por su cuenta a Galina y le dio un repaso.
- …Y cuando lleguemos a España haremos una queja formal de cómo se trata a los turistas en Rusia.
No sé si fue efecto de la bronca o casualidad pero, a partir de entonces, “los maleteros de Inturist” no volvieron a faltar a su cita.

En el andén, Roberto Con O y Robert Sin O comentaban la jugada.
- La tía está histérica. ¡Mira que intentar acojonarnos con eso de los ladrones!
- La pobre, viuda y resabiada, ve fantasmas por todas partes.
- ¡Ya no hay ladrones! –dijo Galina acercándose al grupo-. Me ha dicho el revisor que los han cogido.
Risillas bajo el bigote.

Ya en el tren, íbamos distribuidos de la siguiente forma:
- Cabinas de 2, contiguas: Quiosquera y yo y Roberto Con O y su señora.
- Cabinas de 4, contiguas: Arquitecto, Abogado y sus respectivas y Galina, Montserrat, Robert Sin O y Nacho.
Nos quedamos en el pasillo comentando las vicisitudes del viaje. Por el extremo opuesto al que nos encontrábamos aparecieron dos tipos, modelo Rambo, vestidos de militar que, con gestos, nos mandaron al interior de las cabinas. ¡Cualquiera chistaba!. Entramos pero mantuvimos la puerta abierta mientras continuábamos la charla. No habían pasado 10 minutos cuando los rambos volvieron a aparecer. Esta vez acompañados. Entre ambos caminaba un tipo desgreñado con las manos esposadas a la espalda. Con bastante menos delicadeza que antes cerraron la corredera de golpe.
Ya que no nos dejaban hablar, lo mejor era ponerse a dormir. La puerta corredera se cerraba con una balda del tipo de los retretes de bares de poca monta: una latilla con un mordisco en un extremo que descansaba en un pequeño saliente atornillado al marco. Y, ¡caray!, un pomo permitía deslizar la puerta con facilidad. En la cabecera del camastro estaba el toallero. Me quité el cinturón y lo até alrededor del pomo y del toallero. Luego amontoné el equipaje junto a la puerta. ¡A dormir!

Despertamos temprano cuando apenas se veía. Asomados a la ventana fuimos contemplando el paisaje nevado. Bosquecillos, espacios pelados, alguna que otra casa de campo… Fue entonces cuando rememoré Doctor Zhivago. Por cierto, Quiosquera siempre me ha dicho que me parezco (o me parecía) a Omar Sharif. Ella, sin embargo, no se parece ni a Julie Christie, ni a Geraldine Chaplin. Yo viajaba con Geraldine, es decir, con la legítima.

Llegamos a San Petersburgo con las primeras luces del día. Nos agrupamos en el andén. Arquitecto y Abogado presentaban unas ojeras descomunales. Nacho y Robert Sin O se descojonaban de risa. Por el camino contaron cómo habían pasado la noche. Fue tal que así.

En la cabina de los desaparejados, los caballeros cedieron a las señoras la litera inferior y permanecieron en el pasillo mientras ellas se preparaban para meterse en la cama. Sus vecinos castellonenses se quedaron un rato fuera haciendo cachondeíto sobre los ladrones del tren. Cuando pasaron los militares, los obligaron de malos modos a entrar en la cabina. Con menos cachondeo, dejaron la puerta abierta y siguieron hablando. Así los encontraron los militares cuando volvían con su chorizo amanillado. Uno de ellos cerró la puerta con mala leche, no sin antes advertirles de que bajaran la balda. Apenas completada la faena vieron como la hoja de una navaja se colaba entre la puerta y el marco y en un santiamén se encontraron frente al militar que blandía la navaja y vociferaba muy cabreado.
Acojonados, cerraron de nuevo la corredera, ataron el pomo al toallero y amontonaron las maletas para impedir el paso a cualquier intruso.

A media noche, en la cabina de al lado, Montserrat se despertó con ganas de orinar y se dirigió a la puerta. Tropezó con el parapeto de maletas y aterrizó en el suelo. Galina dio un salto en su litera y se oyó un golpe seco mientras algo brillante rodaba por el suelo.
- ¿Qué pasa aquí? –gritó Robert Sin O.

Monserrat, que había iniciado el estropicio, se levantó. Con su camisón blanco hasta los pies y las manos alzadas, sólo le faltaban las cadenas para parecer un fantasma.
- ¡Una aparición! –farfulló Nacho-.
- ¡Ahhhh! –contestó Robert.
Para no ser menos, Montserrat y Galina también empezaron a gritar.
Por fin alguien dio con la luz. En medio de la habitación brillaba la hoja de un cuchillo de monte. Galina, precavida, dormía con él bajo la almohada.

En el compartimiento vecino, Arquitecto, Abogado y sus respectivas oyeron el batiburrillo.
- ¿Qué pasa?
- Deben haber entrado ladrones.
- ¿Salimos a ver?
- ¡Una leche! Lo que sea ha pasado ya. Mejor no meterse en líos.
Pasaron el resto de la noche montando guardia.

En el Hotel Pribáltica o Pribaltyskaya empezamos a notar diferencias con respecto a Moscú. Se quedaron pasaporte y visado y nos dieron la consabida tarjetita, acompañada de una tarjeta magnética. En los pisos no había rejas ni matronas sino una puerta acristalada que se abría con la tarjeta. Bueno, se abría si habías hecho el master. Yo la pasé a velocidad normal y… nada. Despacito… nada. Cagando leches… nada. Pasó un empleado y pedí socorro. La pasó a velocidad fórmula 1 y la puerta se abrió.

Mientras Quiosquera deshacía las maletas me dirigí al cuarto de baño. Rebusqué hasta encontrar el artilugio y empecé a mear sangre.

CONTINUARÁ…

7 Comments:

At 5/10/06 23:45, Blogger alvarhillo said...

Desde luego quiosquero, y creíamos que la picaresca la habíamos inventado los españoles en el siglo de oro. Pues los rusos no se quedan cortos, supongo que ellos tambien las han pasado canutas desde el tiempo de los Zares.Unos amigos de mis padres(aleman el, española ella)vivieron cerca de tres años en Moscú a finales de los setenta trabajando en la embajada de Alemánia y lo que contaban era tremebundo. Por unos vaqueros de marca podías conseguir un abrigo de marta cibellina que vendido aquí valía como cien pantalones. En fín que como dice mi padre "la Fam fa mestres" y que me ha gustado mucho la historia del tren.
Un gran saludo.

 
At 6/10/06 09:20, Blogger quiosquera said...

¡Uf, qué noche la de aquel día!
Todavía recuerdo el aspecto del sujeto esposado y también las caras de los "incrédulos" que se pasaron la noche de guardia. Ah, y el frío que hacía en aquel tren. Aunque no os lo creáis, dormí hasta con bufanda (y no es broma).

 
At 6/10/06 13:52, Blogger aberron said...

Definitvamente hay que hacer una peli sobre tu vida. jejeje

saludos!

 
At 6/10/06 14:11, Blogger quiosquera said...

Aberron:
Si decidiésemos hacer una peli, ya no con la vida de quiosquero, sino sólo con sus andanzas de estudiante por Granada o nuetros viajes, creo que teníamos tema para sacar hasta una I y II Parte (como ocurre con "Aterriza como puedas").
Lo cierto es que no buscamos la aventura (hacemos viajes colectivos y de lo más inocente) es que los elementos se confabulan en contra cuando elegimos cualquier destino.
Un saludo.

P.D. Por cierto, estuvimos también en China, la India, Jordania, Israel y un montón de sitios más, aunque no siempre han resultado peligrosos. Así que, cuando acabe con Rusia, podeis pedirle que siga, seguro que queda cuerda para rato.
(Je, je, quiosquero me va a matar)

 
At 6/10/06 15:43, Blogger Quiosquero said...

Ni puñetero caso a Quiosquera. Desde que me dedico a escribir han bajado las ventas porque cuando voy lanzado siempre llega alguien que te corta el hilo de los pensamientos. Y ponerse a pensar qué es lo que se trataba de decir da dolor de cabeza. Por eso, cuando se produce esta circunstancia, pongo mala cara a los clientes y los estoy espantando.

 
At 6/10/06 16:08, Blogger alvarhillo said...

Quiosquera, si todos los viajes dan como el de Rusia hay para más partes que Rocky o Harry Potter y si son tan entretenidas vamos a estar como locos esperandolas.
Un saludo.

 
At 6/10/06 18:55, Blogger Quiosquero said...

Mi vida ha sido y es como la de todo el mundo: más o menos monótona. Tengo la suerte de que las anéctodas divertidas se me quedan grabadas y los momentos más duros, al final, los recuerdo con humor.
En el viaje a Rusia fuimos de cabreo en cabreo pero, una vez finalizado, nos quedaron los momentos divertidos y os puedo asegurar que es el viaje más anecdótico que hemos vivido.
De todos modos os adelanto que me están cortando los vuelos. Hablaremos.

 

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